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Karen – Relato Navideño

29 May

amanda seyfried–¿Y qué tienes pensado regalarle a Lena por Navidad?

Karen y Alex iban paseando por un largo pasillo de un centro comercial adornado con miles y brillantes bolas de colores, con cientos de guirnaldas verdes recorriendo el techo y regalos dorados repartidos aquí y allá. Todo acompañado de la alegre música de villancicos y campanillas.

–Ahora lo verás, es una sorpresa.

Karen arrugó la nariz en gesto de disgusto por el secretismo de su hermano, pero en seguida se le pasó cuando llegaron a una plaza cubierta al final del pasillo que recorrían.

–¡Oh! ¡Mira eso!

Se soltó del brazo de sopetón y echó a correr con sus botas de borreguito y su gorro de lana con orejas de gato. Se paró delante de un gigantesco árbol navideño situado justo en el centro del recinto comercial. Alex sonrió con ternura, aunque Karen lo podía volver realmente loco, en el fondo adoraba ir con ella de compras Navideñas. No paraba quieta, intentando ver cada uno de los adornos que para ella componían mágicamente la Navidad. Cualquier excusa era buena para pegar la nariz a un escaparate y ver pasar trenes de juguete, admirar la decoración especialmente cuidada de alguna boutique o deleitarse en la lencería roja de mamá Noel que pensaba comprarse. Era una mezcla perfecta de niño y adulto que a él le encantaba.

Llegó a su lado y le paso el brazo por los hombros mientras ella seguía con la boca semi abierta y los ojos clavados en la copa del gigantesco abeto.

–Es enorme.

–¿Papá no pone algo parecido en el salón?

–No es tan grande –llevó su mirada a los mitones que tapaban sus manos y miró a su hermano de soslayo– Además hace tiempo que no adornan la casa. Los últimos años que estuve con ellos lo acababa haciendo yo.

–¿Y no piensas ir este año?

–No sé, tal vez por nochevieja –se encogió de hombros y volvieron a caminar– No me apetece mucho.

–La Navidad es para pasarla en familia ¿No?

–¡Pero la Navidad española es mucho más divertida! –abrió los brazos y dio una vuelta sobre sí misma– Además está Lola, ella es algo así como mi tía.

–Sabes que siempre vas a ser bienvenida en casa de mi madre –le sonrió guiñando los ojos– Pero luego no quiero problemas con papá diciéndome que te secuestro.

–No te preocupes por eso –hizo un gesto con mano quitándole importancia al asunto– Sabe que es cosa mía. Como lo de irme de casa. Ellos no saben disfrutar de la Navidad y paso de caras largas y reproches. Tendrán mucho dinero, pero espíritu navideño y empatía poca. Muy poquita.

–No seré yo quien te diga lo contrario –se paró frente a una de las tiendas. Karen dio un par de pasos más y después miró a su hermano con el ceño fruncido–.

–¿Por qué paramos delante de la tienda de accesorios y bisutería?

–Porque creo que aquí puedo encontrar parte de mi regalo.

–¿Aquí? –miró con los ojos muy abiertos el interior del local, en el que broches y diademas de colores chillones destacaban por encima de los falsos postizos y las agujas de pelo con flores enormes– ¿Estás loco o qué? ¿Qué clase de novio eres tú? ¿Le piensas comprar alguna baratija? No me seas tacaño eh. Yo es que no te reconozco, de verdad. Te puedes permitir alguna joyita o algo ¿No? A quién se le ocurre venir a esta tienda. Además te digo una cosa, yo aquí poca cosa veo del estilo de Lena, la vas a fastidiar… Lo veo venir –suspiró y cogió aire– En una relación hay que vigilar los detalles y los regalos son muy importantes. No es que tenga que ser algo caro pero tiene que ser algo cuidado, con cariño. No puedes regalarle cualquier cosa que se te pase por la cabeza. Gañán más que gañán. Hombre tenías que ser, si es que a veces sois tan… –Alex le puso el dedo índice sobre la boca para hacerla callar pero ella lo apartó de un manotazo– No me mandes callar que sabes que tengo razón…

–Te mando callar porque no sabes lo que es…

–No me hace falta, solo con ver donde…

–No. Tengo mis ases en la manga. Calla y deja a tu hermano mayor hacer, que es más listo de lo que tú te piensas.

Karen le dirigió una mirada recelosa y arrugó los labios en una mueca de suspicacia, pero decidió callar. Al fin y al cabo no sabía qué estaba planeando ese tarugo de ojos verdes, pero parecía completamente seguro de sí mismo. Aunque eso no era demasiada novedad.

Lo siguió al interior de la tienda sin decir nada y se fijó en que examinaba unas cajitas parecidas a las que se utilizan para guardar y regalar anillos. Karen abrió los ojos y se llevó las manos a la boca para contener un grito.

–¿¡Le vas a pedir que os caséis!? –prácticamente gritó, haciendo que todo el mundo se volviera hacia ellos. Su hermano la miró con mala cara y ojos amonestadores– ¿Pero esas cajas no las dan cuando compras el anillo? –bajó la voz susurrándole con fuerza–.

–No le voy a pedir que se case conmigo –contestó también susurrando fuerte. Cerró los ojos y cogió aire. Cuando los volvió a abrir se fijó en la anonadada cara de su hermana y no pudo más que echarse a reír–.

–Pues yo no le veo la gracia –se cruzó de brazos no sin antes darle un puñetazo en el hombro–.

–No estoy pensando en casarnos –metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó un juego de llaves– Solo quiero regalarle un juego de llaves de mi piso –se encogió de hombros– Quiero que se sienta en él como en casa y que pueda entrar y salir a placer. Sé que es pronto también para irnos a vivir juntos. Pero quiero que sepa que esto es totalmente serio para mí.

–¡Oooohhhh! –dio un pequeño saltó y se lanzó al cuello de su hermano haciéndolo tambalear– Pero eso es superromántico. ¡Qué bonito Alex! Le va a encantar.

–Eso espero –cogió una de las cajitas que tenía forma de corazón– ¿Qué te parece ésta?

–Una horterada.

–¿Sí? –frunció el ceño y miró con más detenimiento la caja. Finalmente se encogió de hombros– ¿Y esta?

–¿Una rosa? ¿Quieres ser el novio más típico y aburrido del mundo?

–Que exigente –torció la boca en un gesto decepción– ¿Cuál escogerías tú, listilla?

Karen se llevó un dedo a los labios y miró todas las cajas con detenimiento.

–¡Ésta! –canturreó triunfal enseñándosela a su hermano sosteniéndole en las puntas de los dedos de sus dos manos. Era como un cofre pirata en detalles marrones y dorados– ¡Es el cofre del tesoro!

–Me gusta.

–¡Pues claro que sí! La he elegido yo –le entregó la caja y puso los brazos en jarras levantando la barbilla con mucha pretensión– ¡Mira eso! –soltó un gritito y se lanzó en plancha hacia la pared más navideña del local. Todo tipo de decoraciones de esta época del año colgaban en vertical creando un amalgama de colores y brillos– ¡Me encantan! –se sacó el gorro de lana y se colocó una horrible diadema con cuernos de reno y cascabeles. Meneó con soltura su suave cabello dorado y los hizo tintinear– ¿Me los compras? –una espléndida sonrisa le recorría la cara–.

–Pero si son una chorrada. Te los puedes comprar tú abusona.

–¡Pero quiero que me los regales! –cogió otros de la pared– Y yo te regalaré estos a ti.

–No pienso ponerme eso en la cabeza.

–¿Y cuáles te gustan? –se giró hacia la pared y la examinó con seriedad–.

–No me gustan ningunos.

–Pero que soso eres a veces. Si son superbonitos, y muy navideños –dirigió de nuevo la vista a la pared encandilada–.

–Mira, te compro los malditos cuernos, pero no me hagas ponerme nada en la cabeza.

–¡Bieeeeeeeeeen! –saltó de nuevo a los brazos de su hermano, le dio un profundo abrazo y salió corriendo de la tienda mientras la dependienta ponía cara de horror y daba dos pasos para seguirla y recuperar la diadema que llevaba–.

–Yo lo pago, yo lo pago. Discúlpala, se ha emocionado con el regalo.

La dependienta de caja, una mujer de unos cuarenta años con aspecto amargado y el pelo rizado recogido en una coleta lo miró con recelo aunque su expresión no tardó en variar a descarado interés. Lo observó de arriba abajo y su rictus serio se tornó en lo que pretendía ser una coqueta sonrisa. Alex se la devolvió mientras por dentro suspiraba con exasperación. Sentirse un trozo de carne con ojos tenía sus ventajas, pero a veces le cansaba.

Karen salió al exterior de nuevo dando saltos y riendo a carcajadas. Le había conseguido sacar a su hermano un regalito navideño la mar de chulo y estaba feliz. No había compartido muchas navidades con él. De pequeños nunca habían cantado villancicos frente a la chimenea de casa de sus padres y nunca había hecho escapadas de puntillas para intentar encontrar a Papá Noel la noche del 24 de Diciembre. Cualquier gesto navideño que le hiciera su hermano era un auténtico regalo para ella, aunque a veces tuviera que empujarlo un poco para que los llevara a cabo.

Estaba contenta por estar allí, con su hermano, con una vida un poco más asentada de la que había llevado hasta ahora. Se sentía muy feliz de que Alex hubiera encontrado por fin a una mujer con la que compartir su vida y que le hacía estar de tan buen humor. Con una sonrisa en la boca, se apoyó plácidamente en la barandilla desde la que se podía observar el piso de abajo dónde familias y niños paseaban y corrían haciendo sus últimas compras antes de Navidad.

Al principio no la reconoció. Parecía una mujer más en todo ese tumulto de gente. Hablaba por el móvil a gran velocidad y paseaba arriba y abajo por el pasillo. Aunque su andar parecía nervioso, la expresión de su cuerpo era relajada, como la de esas personas que saben que tienen todo bajo control por muchos contratiempos que ocurran. Su pelo rojo fuego ondulado caía suavemente sobre sus hombros enfundados en un bonito jersey de color rosa. Karen se puso rígida al principio e intentó agudizar la vista para convencerse de que lo que estaba viendo era real. No podía ser ella. ¿Qué hacía allí? En un centro comercial español a las vísperas de Navidad. No tenía sentido. Pero, por desgracia, lo reconocía todo de ella. Su forma de caminar, su forma de moverse, los gestos que hacía con los brazos, ese pelo rojo, esa figura, incluso en un momento le pareció oír parte de la conversación en francés que mantenía y reconoció su voz. No podía ser. No era posible. Se tenía que llevar a Alex de allí inmediatamente.

En ese momento escuchó unos pasos detrás y se dio la vuelta de inmediato. Su hermano apareció detrás de ella con unos cuernos de reno en la cabeza idénticos a los que ella llevaba y otros en la mano.

–Al final no me he podido resistir –se encogió de hombros y puso cara de inocencia– Le he comprado unos a mi madre, los podemos llevar los 3 en Navidad.

–Claro –dio dos pasos hacia él intentando alejarlo de la balconada–.

–¿Te pasa algo? –frunció el cejo y la miró detenidamente– Estás muy pálida ¿Te encuentras bien?

–Pues… –se mordió el labio y pensó nerviosa una solución para sacar a Alex de allí– Creo que me está dando un bajonazo de azúcar ¿Por qué no vamos a la crepería aquella del centro?

–Pero si estamos lejísimos. Seguro que por aquí hay algún sitio que hacen crepes.confias en mi nía van der veer

–No, pero tengo antojo de una que hacen allí con chocolate y coco.

–Karen, estamos a las afueras, como nos vamos a ir al centro ahora. Además nos quedan cosas por comprar, Navidad es dentro de 3 días.

–Sé bueno ¿Quieres? –lo cogió del brazo y lo acercó suavemente de nuevo a la tienda– Me apetece mucho mucho mucho esa crepe. Ya compraremos lo que nos falta por allí.

–¡Ay Karen! –le quitó la diadema de reno y le revolvió el pelo con la mano– ¿Qué voy a hacer contigo?

–¡Ahora mismo Invitarme a una crepe!

Lo cogió de la mano y tiró de él para llevarlo hacia los ascensores que los llevarían al parking. Cuando se metieron dentro y se desplazaron traqueteantes hacia abajo empezó a respirar un poco más tranquilamente aunque todavía se notaba el corazón en el pecho y el sudor recorriéndole la espalda. No tenía ni idea qué hacía esa mala mujer allí, pero no suponía nada bueno. Solo pedía que estuviera de paso y se marchara pronto, y sobre todo, que no se le ocurriera acercarse a su hermano. Lo miró de reojo y lo vio con una sonrisa en la boca mientras examinaba el pequeño cofre. Ahora estaba demasiado feliz como para que llegara ella y lo estropeara todo. De verdad, esperaba de corazón que Chloe se marchara a su casa antes de Navidad.

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Publicado por en 29 mayo, 2015 en Relatos

 

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