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Noviembre en Madrid

29 May

nia van der veerPippa estaba en plena Plaza del Sol, mordiéndose las uñas de sus manos enfundadas en guantes de mendigo y su pelo alilado semiescondido bajo una boina de color marrón. Se frotó los dedos para entrar en calor y dio algunos pasos para mejorar el riego de sus piernas y evitar enfriarse más.  Madrid era despiadado con los visitantes a finales de Noviembre.

Sus ojos marrones barrían la plaza en busca de lo que llevaba tanto tiempo anhelando. Estaba nerviosa y ya no sabía si saltaba en su sitio por el frío que le recorría el cuerpo por fuera o por dentro. Sentía el corazón en el pecho, en las sienes en las manos. Le iba a mil y no tenía ni idea de cómo pararlo ni de si deseaba que parara.

Cerró los ojos e intentó recordar la cara de aquel hombre que deseaba ver desde hacía casi 20 años. 20 años recordando un verano. Casi era capaz de volver a oler el aroma a río, capaz de oír el sonido de sus risas inocentes, de sentir el tacto de su piel suave y adolescente. Nunca había pasado nada, y sin embargo esperaba al hombre que había estado presente toda su vida, a veces cerca, a veces lejos, a veces con alegría, a veces con pena… muchas con dolor.

Hoy por fin iban a reencontrarse. A pesar de todo. A pesar de su marido, a pesar de su mujer, a pesar de los hijos, de las experiencias, de la lejanía y de la madurez. Por fin habían acordado verse y cumplir la esperanza que ambos llevaban 20 años albergando: volverse a ver. No importaba la verdad ni la mentira, el deseo o la rutina. Hoy solo importaban ellos, su reencuentro y Madrid.

No tenía ninguna expectativa al respecto y las tenía todas. Solo quería un café tranquilo y hablar de los últimos mensajes recibidos. Quería que le susurrara al oído que se fugaran juntos y desparecer. Quería que acabara con este juego de gato y ratón que ya duraba 17 años y le dijera que se quedaba con su mujer. Quería que la enamorara y la volviera a hacer sentir cómo cuando eran adolescentes. Quería que la convenciera de seguir sus caminos por separados.

Pero sobre todo deseaba desvelar sus dudas, aclarar sus ideas, saber qué demonios sentía su corazón, adivinar que anhelaba su alma. Quería paz. Quería volver a sentirse bien con ella misma. No quería dudar. No quería sentirse culpable. No quería sentirse incompleta. No quería sentirse vacía. No quería sentirse sola. Quería sentirse amada.

Y entonces se dio cuenta. Parpadeó como si despertara de un sueño y se fijó en su alrededor. Vio a los niños perseguir a las palomas, a parejas abrazadas, a los ancianos pasear y a las madres empujar sus cochecitos. No estaba sola. No estaba abandonada y tenía alguien que la amaba: Ella misma.

Estaba harta de no saber y de esperar. Estaba harta de sentir que se traicionaba a sí misma y a los demás. Estaba harta de las quejas de su marido, de las exigencias de su ex y de la incertidumbre de su amor. Quería seguridad, y por primera vez sentía que esa seguridad estaba en ella. No iba a dejar que ningún otro hombre la hiciera sentir mal, no iba a dejar que ninguna persona estructurara su vida, no iba a permitir que la hicieran esperar más. La felicidad estaba en ella, en elegir su camino, en no dejar que dependiera de nadie que no fuera ella misma. Se irguió y miró al frente, sonrió coqueta porque por primera vez en mucho tiempo volvía a sentirse guapa y poderosa. Su vida era suya, y decidía empezar a construirla de cero.

Miró el reloj y con una sonrisa en la cara y con paso firme se dirigió camino a Atocha. Iba a empezar de nuevo, y esta vez lo haría sola. Sin que nadie le dijera cómo sentirse. Ella mandaba, y elegía. Y sin duda escogía ser feliz.

A veces nos concentramos tanto en el final feliz que no aprendemos a interpretar las señales. 

Y quizá el final feliz no incluye un tipo maravilloso: quizá el final eres tú, sola recogiendo los pedazos y volviendo a empezar

(¿Qué les pasa a los hombres? – 2009)

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Publicado por en 29 mayo, 2015 en Relatos

 

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