RSS

Daza

30 May

Dio la vuelta a la llave y empujó la puerta con fuerza. Con los años había acabado cogiendo juego, y la única manera de abrirla era dándole un fuerte golpe.

Mientras estaba en el trabajo le había llamado Alex invitándole a ir a uno de sus hoteles junto con Lena y había aceptado de inmediato. No era la primera vez que quedaban los tres solos después de aquella ocasión en la casa rural, y todas habían sido igual de geniales. Lena desprendía un erotismo que le encantaba y cada vez se sentía más cómoda con ese tipo de juegos. Y aunque tenía que reconocer que había cierto encanto en su inocente vergüenza del principio, la versión más atrevida y segura de ella lo seducía mucho más.

Miró el reloj antes de llegar al salón. Eran casi las ocho de la tarde por lo que Erika debía de llevar en casa algo más de una hora. Sonrió pensando en ella. No podía evitar sentir que ese momento del día, el preciso instante en que entraba por la puerta y se la encontraba tirada en el sofá viendo cualquier cosa en la televisión, se convertía en el instante más feliz del día. Ver su pelo rubio recogido de cualquier manera, sus gafas de pasta que habían resbalado hasta la punta de su pequeña nariz, y su ceño fruncido por el cansancio, hacían que todo el día trabajando hubiera valido la pena. Como siempre le pasaba justo antes de cruzar la puerta, su sonrisa se expandió y su corazón empezó a latirle más fuerte, oyéndolo resonar en sus oídos.

Aguantando la respiración como hacía cada día, dio dos pasos y cruzó el umbral. En cuanto lo hizo, su sonrisa desapareció. Erika estaba tumbada en el sofá con su pijama de las lamentaciones (un mono de tejido suave en forma de oso que solo se ponía cuando se llevaba chascos amorosos), los ojos hinchados, la nariz roja y un séquito de pañuelos de papel rodeándola. Al verlo entrar parpadeó confusa, sorbió por la nariz y se incorporó brevemente como para indicarle, que a pesar del drama, seguía viva.

 –¿Qué ha pasado? –preguntó con la boca reseca y el corazón comprimido–.

 –Estoy resfriada –tosió, estornudó y se sonó la nariz sonoramente–.

Carlos suspiró con alivio y la presión que sentía en el pecho desapareció. Podía lidiar con un resfriado pero no con una retahíla de sollozos por el último gilipollas que la había hecho daño. No le importaba consolarla, es más, apreciaba poder estar a su lado cuando lo necesitaba, pero no podía controlar ni digerir las ganas que le entraban de partir caras y piernas cada vez que ella le relataba con pelos y señales la indiferencia o las capulladas que sus supuestos pretendientes, novietes o rollos le hacían.

 –Estás que das asco canija –sonrió y se sentó a su lado obligándola a erguirse en el sofá–.

 –Tú das asco siempre y no te digo nada –se limpió los ojos con cuidado y ni lo miró–.

No pudo evitar sonreír. Le encantaba el brillo de amenaza en sus ojos cada vez que se enfadaba con él. Era casi como si sintiera algo intenso, como si lo quisiera, pero totalmente al revés. Solo con eso se conformaba.

 –Pues vamos a tener que solucionar esto –dijo levantándose–.

 –¿Y qué tienes en mente? ¿Algún milagro? –tosió escandalosamente– Esta mañana me he levantado moqueando, pero a medida que ha pasado el día ha ido todo a peor.

 –Mi madre y mi abuela tenían unos trucos infalibles –desapareció por el pasillo y Erika se reclinó para ver a dónde iba–.

 –¿Cuáles? –gritó, aunque no obtuvo respuesta–.

Sorbiendo por la nariz esperó a que Daza volviera a aparecer. La cabeza le daba vueltas y se sentía como si estuviera buceando en una especie de mar de congestión. Carlos volvió a aparecer con algo en el interior de la mano, se acercó a ella y le sonrió de oreja a oreja.

 –Drogas –anunció triunfal y dejó un par de pastillas sobre la mesita que había frente al sofá–.

 –Eso es paracetamol –dijo con cierto deje de escepticismo y levantando una ceja–.

 –¡Exacto! –asintió con la cabeza– Drogas, Sopa y Sueño.

 –¿Cómo?

 –Te voy a preparar un caldito, te vas a tomar las pastillas y te vas a ir a dormir –dijo mientras se daba media vuelta y se metía en la cocina–.

 –¿¡QUÉÉÉÉ!?

Erika con cierta dificultad se bajó del sofá y se arrastró como alma en pena hasta dónde estaba su compañero de piso. Dejar a Carlos solo en la cocina era una especie de suicidio colectivo. Tanto podía hacer saltar la casa por los aires, como acabar envenenándolos a los dos.

 –Ni se te ocurra –farfulló– No estoy preparada para morir todavía. Solo es un resfriado.

Al asomarse por la puerta, lo encontró en cuclillas frente al congelador.

 –Soy muy capaz de descongelar un poco de caldo y hervir pasta.

 –¿Descongelar? –dijo no muy convencida–.

 –Mi madre me dio el otro día un tupper con caldo que había hecho ella. Está muy rico, de verdad.

 –No sé si…

Daza torció el gesto con contrariedad y se levantó.

 –A callar que estás enferma –la cogió como si fuera un saco de patatas gritón y la llevó hasta el sofá de nuevo–.

 –¡Será posible! –boqueó– ¡Gañán!

 –No hay objeción posible canija –se reclinó, sacó una manta del puf que tenían y con un solo y hábil movimiento la envolvió en ella– Vas a quedarte aquí cómodamente, mientras te preparo una sopa. Y no hay nada más que decir.

Erika frunció la nariz y desvió la mirada hacia otro lado un poco incómoda por los cuidados que recibía.

 –No me llames canija –farfulló entre dientes–.

Carlos sonrió mientras volvía a alejarse en dirección a la cocina y antes de entrar se volvió hacia ella.

 –¿Y cómo quieres que te llame si mides 1’50?  –Se metió por la puerta y oyó el inconfundible sonido de un cojín impactando contra la pared. Volvió a sonreír satisfecho–.

Cuando la cena estuvo preparada salió con un enorme bol y un vaso de agua. Erika seguía prácticamente en la misma posición en la que la había dejado. Con la manta prácticamente hasta la barbilla y mirando la televisión con la sensación de que, en realidad, no veía nada. Al aparecer por su lado parpadeó, mirándolo con sus espectaculares ojos de color miel.

 –Tómate primero el paracetamol –le tendió las pastillas y el vaso– Así van haciendo efecto mientras cenas.

 –¿No vas a salir hoy? –dijo cogiendo las pastillas–.

 –Sí, he quedado.

 –¿Y qué haces aquí todavía?

 –Pues haciéndole la cena a mi canija favorita.

 –¿No deberías estar arreglándote? –cogió el bol y la cuchara que le tendía Carlos y sorbió levemente relamiéndose– ¡Que rico!

 –Te lo dije –la miró con suficiencia– Ahora voy a ducharme. No te preocupes por mis planes. Pueden esperar media hora.

 –No, no. Ve –se metió una gran cucharada en la boca y movió la mano señalándole el baño– No quiero ser yo quien le prive de tu compañía a vete tú a saber qué pedazo de jaca que te hayas agenciado.

 –No hay ninguna jaca –torció el gesto– Que fina eres a veces.

 –Bueeeeno, a tu cita –parpadeó rápidamente con inocencia–.

Carlos suspiró y meneó la cabeza mientras se dirigía al baño. Se despidió de ella revolviéndole el pelo a lo que respondió con un quejido y un manotazo. No pudo evitar volver a sonreír, cualquier sentimiento dirigido a él era un premio, fuera cual fuera. Abrió el grifo y dejó que la mampara se empañara. Cuando el agua estaba casi tan caliente que lo quemaba, se deslizó en su interior y se dejó arropar por el calor que sentía sobre la piel.

Erika le había gustado desde el primer momento en que había aparecido por la puerta de su casa con cara de despistaba. Había colocado un anuncio en el que se detallaba claramente que quería un compañero de piso masculino. A pesar de que disfrutaba muchísimo con la compañía de las mujeres, convivir con ellas era otra cosa bien distinta. Un hombre suponía menos quejas, menos críticas, menos problemas. Aunque a cambio probablemente tu casa aumentara varios grados su suciedad. Pero eso tenía solución, con lo que cobraba se podía permitir una señora de la limpieza, así que alquilarle la habitación sobrante a un hombre era la solución perfecta. Tampoco es que necesitara desesperadamente alquilarla, y por eso estaba siendo selectivo. Erika apareció en la puerta con un bolígrafo en la boca y mirando perpleja un trozo de papel que tenía en la mano. Un amigo le había pasado el anuncio, y aunque se especificaba que se buscaba un hombre, ella había decidido presentarse por si había suerte y era capaz de hacer cambiar de opinión al dueño del piso. Y lo consiguió prácticamente nada más cruzar el umbral. Cuando la vio, hubo algo en ella que lo dejó sin respiración. No sabía exactamente qué era. Estaba claro que era una chica guapa, pero tampoco era el tipo de chica explosiva con la que solía intimar. Era bajita, delgada, pero con unos ojos llameantes y una presencia que lo llenaba de electricidad. Por cortesía y curiosidad decidió enseñarle el piso, o tal vez fuera simplemente que quería arañar unos minutos más a su lado. Sentía curiosidad por ella, por su tenacidad al presentarse allí a pesar de que tenía las de perder y porque… por alguna razón, solo al estar a su lado tenía la sensación de estar… en casa. No sabía cómo podía provocarle ese sentimiento una perfecta desconocida, y se preguntó de dónde había sacado esa canija su magnetismo. Su caminar era pausado y sus gestos curiosos. Se quedó alucinada con la que tenía que ser su habitación, amplia, clara y con balcón propio. Notó que era exactamente lo que estaba buscando. Se sentaron en el sofá para hablar de las condiciones y ella sin perder tiempo se puso a enumerar las ventajas que supondría tenerla de compañera. Carlos solo la escuchaba a media, lo tenía convencido prácticamente desde el segundo uno, pero de todas maneras la dejó hablar y se recreó en sus graciosos gestos y en su pizpireta nariz. Quería tenerla allí, y por eso el alquiler que le propuso era irrisorio. Erika se quedó prácticamente noqueada al oírlo, pero hizo que aumentara su interés en el piso. Y así es cómo habían empezado a vivir juntos.Free-Shipping-Via-Express-2012-Fashion-Cute-LITTLE-BEAR-Animal-Pajamas-Cosplay-Party-Costume-for-Christmas

Los meses junto a ella habían pasado volando. El seguía haciendo su vida, con sus chicas, su vida nocturna y su sexo salvaje, a veces en casa, a veces fuera, pero seguía observándola en la distancia. Era una chica tranquila, que no salía mucho, y rara vez había llevado a ningún “amigo” a casa. Se llevaban bien y pronto desarrollaron algo así como una relación de hermanos. Se apoyaban, se contaban sus cosas, reñían, Carlos la hacía rabiar y Erika a veces se reía y otras le tiraba cosas. Era muy gracioso vivir con ella, escuchar sus batallitas, sus anécdotas y sus bromas. Lo hacía reír, lo animaba, le levantaba la moral los días más negros y le hacía sentirse querido e importante. Y él… él la quería y respetaba más de lo que había querido y respetado a ninguna mujer. Y por esa razón jamás sería tan cabrón como para acercarse a ella e intentar seducirla. Una relación entre ambos solo podía destrozar lo que ahora tenían. No quería mezclarla en sus obsesiones, y en sus sucios juegos. Temía compartir con ella su visión sobre el sexo, que saliera corriendo y perderla para siempre. Y ella parecía que tampoco estaba por la labor de acercarse a él en ese sentido. Siempre se había mantenido a una distancia prudencial. Ni una sola insinuación, ni una sola mirada de atracción. Es más, siempre que podía dejaba bien claro que no quería nada con él. Que no era el tipo de hombre que ella buscaba. Y lo entendía. Él no era el tipo de nadie. Era demasiado libre, demasiado mujeriego, demasiado físico. Ella lo veía cómo a una especie de Don Juan con fobia al compromiso e incapaz de amar. El tipo de hombre que solo era capaz de hacer sufrir a una mujer… y la verdad es que él no tenía una opinión diferente de sí mismo.

No quería hacerle daño bajo ningún concepto. Y si para ello se tenía que mantener alejado de ella, consolarla cuando un chico le hiciera daño, secar sus lágrimas y cuidarla como un hermano, es lo que haría. Porque no había nada más importante en el mundo que conseguir que Erika estuviera bien y feliz. Aunque eso significara mantener las distancias.

Se acabó de vestir en su habitación, se puso un poco de colonia y se calzó unos buenos zapatos. Cuando estuvo listo salió al salón para comprobar como seguía su canija. Se la encontró recostada en el sofá completamente dormida. Su cara reflejaba paz y su pecho subía y bajaba con tranquilidad. La observó unos segundos pensando que estaba preciosa a pesar de los diferentes tonos de rojo de su cara y el sobado pijama.

La cogió en brazos con cuidado para no despertarla, y aspirando su aroma a jabón y colonia la llevó hasta su habitación. La dejó sobre la cama y buscó una manta en el armario para taparla. Con la luz apagada y solo iluminada con los tonos azulados que se colaban por la ventana de la habitación parecía casi un personaje salido de un cuento de fantasía, medio oso medio mujer. Sonrió abiertamente mirándola. Era preciosa de cualquier forma. Se inclinó hacia ella y le dio un beso en la frente comprobando que por suerte parecía no tener fiebre.

Echándole un último vistazo se dio la vuelta y salió de la habitación. Con un suspiro recogió su chaqueta del sofá y salió de la casa rumbo al hotel de Alex, dónde le esperaba una noche de sexo que esperaba que le hiciera olvidar la soledad que en esos momentos le invadía la mente y el cuerpo.

Anuncios
 
Deja un comentario

Publicado por en 30 mayo, 2015 en Relatos

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: