RSS

Sol de Media Noche

28 Ago

Este relato pertenece a una Antología romántica la cual me han comentado que por el momento no tiene fecha de publicación. Es un relato en el que trabajé mucho y me apetece compartir con vosotros. Cuando salga publicada dicha Antología os dejaré el enlace por todas las redes sociales y en este mismo post para que podáis comprarla y colaborar con la Asociación Española Contra el Cáncer de Mama. El precio rondará los 0,99€ si no voy mal encaminada. Espero que lo disfrutéis.

_________________

ak_10_1130-009-myvatn_1024x768Miro al otro lado del cristal, suspiro y miro de reojo la maleta color kiwi que me acompaña. Vuelvo a mirar al exterior y vuelvo a suspirar. Es 12 de julio y en algún lugar el sol está brillando con ganas. En algún lugar sí, porque desde luego aquí, en el aeropuerto de Akureyri, solo hay un viento de muerte y un aguanieve gris que me pone de muy mal humor. Fuera la temperatura debe rondar los 7 grados. ¡Pero que ascazo por Dios! Normalmente el clima en verano es más suave pero hoy no, hoy que tenía previsto coger un vuelo hasta mi cálida Menorca no. Hoy solo lluvia, más frío y un viento que ha provocado que mi vuelo lleve un retraso de dos horas. Y lo único que puedo hacer es mirar por la ventana y maldecir mi mala suerte.

Llevo viviendo en Reykjavik un par de años, siempre había querido emigrar y me gusta mucho el frío y los países nórdicos, así que cuando mi empresa me propuso un puesto allí, ni me lo pensé. Nada me ataba a España más allá de mi familia que lloró mucho en la despedida, casi como si me fuera de misiones a Kenia o a ser reportera de guerra en Irak. Pero yo estaba contenta, salía de mi isla con un futuro prometedor, un empleo que me gustaba, a un país al que admiraba y con un sueldo escandalosamente alto (al menos en mi lugar de origen). Y no vivo mal, la verdad, en general hace tanto frío y conozco a tan poca gente que no me da tiempo a gastarme lo que gano. Además soy la clase de chica que odia el calor… o lo odiaba. Dos años de duros inviernos nevados desde octubre, cielos encapotados constantemente, noches largas y días más largos aún hacen que cualquiera vuelva a enamorarse de las cristalinas aguas del mediterráneo y del ecuador. Llevo una semana realizando un curso en Akureyri una localidad a casi 400 kilómetros más al norte de la capital. Sí, aún más al norte. Y hoy era mi último día aquí antes de irme de vacaciones.

Solo me voy dos semanas, pero volver a disfrutar de mi familia por unos días y empezar a tostarme al sol de mi terraza se había convertido en la fantasía (casi erótica) de los últimos meses. Y sin embargo aquí estoy, con un jersey rojo de lana, un café para llevar y la moral rozando el subsuelo. Todavía tengo trabajo que hacer (mi empresa nunca descansa) así que tras un último suspiro de abatimiento me retiro hacia uno de los asientos de la zona de embarque: un mullido sofá de 6 plazas (los nórdicos es lo que tienen, que cuando se ponen a hacer algo, lo hacen bien), abro mi portátil, me coloco bien mis gafas de pasta negras sobre la nariz y me calzo mis súper cascos última generación con música de Enya. Como es julio no anochecerá hasta las 23:30 así que aún dispongo de muchas horas de luz para trabajar, aunque espero y rezo mentalmente a Thor para que el temporal amaine y mi vuelo no salga tan tarde.

No estoy muy segura de cuánto tiempo pasa porque igual que si estuviera en Las Vegas el trascurso de las horas es relativo y complicado de calcular. Entre que la música me abstrae, que la luz no varía y que cuando me pongo a teclear código me sumerjo en un submundo de letras y cifras del cual muchas veces me resulta difícil escapar, podríamos estar a pasado mañana y ni siquiera me habría dado cuenta. Pero no han pasado dos días, no. La barra de Windows de mi portátil me dice que son las 22:24 y me dan ganas de llorar, porque no tenemos noticias del vuelo y porque hace unas cuatro horas que han cerrado todas las tiendas del aeropuerto y no tengo nada que comer. De frente tengo la cristalera desde dónde debería ver los aviones despegar y aterrizar, pero no hay nada de eso, solo se ve la enorme extensión de cielo gris. Por lo menos parece que el aguanieve ha parado aunque el viento no.

Miro a mi alrededor en busca de algún estímulo nuevo que me saque del aletargamiento y anquilosamiento del trabajo. Por un momento estoy a punto de ponerme a buscar fotos de las playas de Menorca y autodeprimirme más (parece que revolcarse entre la desesperación es una opción tentadora para mi cerebro), pero unos ojos de color azul intenso y que me miran divertidos me llaman la atención. Noto cómo un súbito calor escala veloz hasta mis mejillas al darme cuenta de que tengo sentado al lado a uno de esos islandeses con pinta de vikingos salidos de alguna novela legendaria. Medirá su buen metro ochenta y cinco, tiene el pelo castaño claro, unos ojos que están haciendo que mi vena romántica aletee y salga volando y una sonrisa tierna que me hace parpadear como si fuera estúpida. Y lo peor (o mejor, según el punto de vista) es que me está mirando directamente a mí. Muevo la cabeza de un lado a otro, en un vano intento de que nuestro encontronazo ocular parezca no haberme afectado, pero sé que por como he empezado a temblar que debe de estar partiéndose de risa de mí. Por mucho tiempo que viva aquí, creo que jamás me acostumbraré a encontrarme con estos tiarrones del norte.

–Disculpa.

Mientras escondo mi cara de auténtico ¡OH MY GOD ME ESTÁ HABLANDO! noto cómo me toca ligeramente el hombro, y automáticamente la frase que me viene a la cabeza es: ¡OH MY GOD ME ESTÁ TOCANDO!. Compongo mi mejor sonrisa porque soy una campeona mediterránea y ningún Islandés buenorro y anglófono va a conseguir que un huracán latino como yo se amilane. Así que me giro hacia él y veo que me sonríe con amabilidad mientras sostiene un sandwich envasado en la mano.

–¿Sí? –le respondo con mi trabajado acento inglés y un alarde de vocabulario sorprendente–.

–Disculpa si me meto en lo que no me importa, pero he visto que estabas muy concentrada trabajando y me he permitido la libertad de comprarte esto –zarandea el bocadillo mientras sigo la trayectoria hipnótica de sus bíceps–.

¿Qué se ha permitido la libertad? Creo que tampoco me acostumbraré nunca a ese despliegue de educación que me hace sentir en una novela de Jane Austen.

–¡Oh! No es necesario, de verdad. Estoy bien –a educada no me gana nadie que mi madre se ha matado a fregar suelos para pagarme una universidad de calidad (o al menos eso dice)–.

Lo rechazo con toda la amabilidad que me es posible reunir y todo va bien, hasta que mi estómago decide burlarse de mí ronroneando sonoramente. Aprieto los labios y los ojos porque en esos instantes me encantaría que un volcán entrara en erupción y arrasara con el aeropuerto. Pero el chicarrón que está a mi lado solo ríe por lo bajo y me acerca aún más el manjar prefabricado.

–Es bueno –abro la boca sorprendida al escuchar decírselo en un precario castellano. Sus ojazos, su camiseta gris de manga corta, su corte de pelo macarra y su encantador intento de hablar mi idioma hacen que finalmente le coja el bocadillo de las manos, aunque solo sea para probar suerte y ver si nuestros dedos se rozan–.

–¿Hablas español? –me aventuro–.

–Una poquita –niega con la cabeza y me digo que esto en castellano no va a funcionar porque “una poquita” no es suficiente. Para nada. Así que vuelvo a cambiar al inglés–.

–Soy Olaya ¿Y tú?

–Örn

–¿Cómo?

–ÖrnFavim.com-beautiful-fashion-girl-glasses-hair-nerd-glasses-45427

Supongo que debo de poner alguna cara extraña porque pasa directamente a deletreármelo y me siendo estúpida al comprobar que solo tiene 3 letras. En fin, la sonrisa es mi mejor arma, así que opto por hacerme la tontina y reír por lo bajo ante mi falta de oído para los idiomas que proceden del vikingo antiguo.

–¿Cómo sabías que era española? –digo mientras empiezo a desenvolver mi cena a base de pan de semillas, queso crema, salmón, lechuga y por lo que parece cebolla crujiente–.

Me señala el ordenador y caigo en la cuenta de que en un arrebato de nostalgia predeterminé el castellano como idioma principal del portátil y de internet.

–He estudiado un poco de español y reconocí el idioma –se encoge de hombros y su gesto es tan tierno que me dan ganas de achucharlo… y en mi imaginación pasan algunas cosas más, pero las aparto de mi cabeza de inmediato– ¿Qué hacías en el ordenador? Parecía complicado.

–¿Esto? –señalo con desgana la pantalla– Programo páginas webs –y aprovechando las circunstancias mi vena friki se desata y soy incapaz de parar el movimiento reflejo que me lleva a recolocarme bien mis súpermodernas gafas de pasta–.

–¿Sabes de ordenadores? –abre los ojos sorprendidos y temo el momento en que saque el suyo y me diga que tiene un virus y si sé arreglarlo–.

–Bueno, no se me dan mal. Pero no trabajo de eso exactamente –y me dan ganas de soltarle un: “soy programadora, no limpio ordenadores”–.

Mi vikingo viajero parece meditar la respuesta y cuando estoy a punto de plantearme si he dicho algo mal y nos hemos perdido en la traducción Örn asiente con la cabeza y se frota la barbilla.

–No conozco a muchas chicas a las que se les den bien esas cosas.

Mi cara se descompone. Era demasiado guapo para ser verdad, y aunque sus bíceps me harían mandar a la mierda el bocadillo y comérmelo a él, paso de seguir hablando con un tipo que cree que las chicas no podemos saber de informática. Supongo que soy más expresiva de lo que me imagino, o él es un crack leyendo rostros, porque en seguida levanta las palmas de las manos como queriendo excusarse.

–Solo me resulta curioso de verdad.

–¿Curioso? ¿Por qué? –entrecierro los ojos y lo miro sin humor mientras le doy un gran bocado a mi cena intentando dejar claro que soy lo menos femenino que se haya tirado a la cara–.

–Porque a mí se me dan fatal –se frota la nuca con la mano y esa expresión inocente y tierna vuelve a su cara haciendo que me quiera morir por mi momento masculino y convertirme en una princesa de larga melena rubia– Soy cocinero.

–¿Cocinero?

–Pastelero para más señas.

–¿En serio?

Y sin poderlo evitar se me escapa la risa. No soy capaz de imaginarme a ese Dios vikingo con delantal y haciendo cupcakes. En ese momento me doy cuenta de que estoy reaccionando igual a como no quería que él lo hiciera. Así que me pongo sería y le devuelvo la mirada sintiendo como algo tiembla en la boca de mi estómago.

–En serio –no parece haberse dado cuenta de mis cambios de actitud y sigue hablando– Akureyri es bastante pequeño, así que me he propuesto montar una pastelería en Reykjavic.

–¡No me digas! –una imagen de él con solo un delantal y cubierto de harina me vuela por la cabeza y me hace cerrar las piernas con fuerza. Dios Olaya, el frío invierno islandés ha causado demasiada mella en ti–.

–Iba hoy a mudarme allí, ya tengo un apartamento pero… –señala la ventana y los dos miramos por un momento. Lo que debería ser la noche empieza a caer, aunque en esta época del año nunca llegará a ser nada más que un atardecer–.

–Te has quedado atrapado. Como yo.

–Eso es. ¿A dónde ibas tú? ¿A la capital también?

Y por un momento me da la sensación de que suena esperanzado. Como si realmente deseara que los dos tuviéramos el mismo destino.

–No –noto como sus ojos se apagan levemente y una chispa de tristeza los impregna. Aunque en realidad no me lo llego a creer del todo– Trabajo en Reykjavic desde hace dos años. Hoy comienzo mis vacaciones.

–¿Vas a España?

–Eso es.

–¿A dónde?

Siempre que un extranjero me pregunta eso me vuelvo un poco loca. Por lo general fuera de nuestros alrededores nadie conoce nada más de nuestro país que Madrid o Barcelona, así que decirles Mahón, Menorca resulta un poco ridículo. Así que pruebo suerte.

–A una isla al lado de Ibiza –ay… Ibiza nuestro paraíso internacional–.

Pone cara de comprensión como si de golpe hubiera visto exactamente el lugar donde nací. Y no me gusta nada, porque estoy segura de que  la imagen que tiene en la cabeza no se corresponde en nada con la realidad de mi infancia. Así que no sé muy bien como pero acabo por abrir el ordenador y empezar a hacer eso que estaba a punto de hacer cuando me he encontrado con sus ojos: buscar fotos de mi querida isla. A medida que le enseño instantáneas de mi hogar, de las playas, de las islas, de las puestas de sol y de mis lugares favoritos veo como su mirada se agranda por la sorpresa. Me pregunta cosas sobre mi vida y sobre cómo se vive en España. Hablar con él resulta mágicamente sencillo porque me da la sensación de que todo lo que le cuento le interesa. Así que me pierdo entre fogatas, noches de verano en la playa, pomada, la tranquilidad que se respira en las calles a pesar de que sea verano y de cómo no nos da miedo salir a la calle en invierno y quedarnos congelados. Él vuelve a reír por lo bajo y para cuando me quiero dar cuenta estamos inclinados el uno a pocos centímetros del otro buscando una postura más cómoda para nuestra espalda que ya está harta de estar atrapada en un sofá por muy mullido que sea. Nuestros ojos están de frente y nuestras manos tan juntas que con solo mover ligeramente su dedo meñique, me roza la mano de forma totalmente intencionada. Siento como un escalofrío se genera en el punto exacto en que me ha tocado y se despliega en oleadas hasta mi estómago, haciendo que me pregunte cómo es posible que un aproximamiento tan leve sea capaz de causarme tantos cambios físicos. Sin saber si el gesto será bien recibido o no, me tiro a la piscina y me inclino hacia él, buscando tal vez un movimiento por su parte que refleje lo que estoy deseando que ocurra. Al otro lado del cristal, la noche islandesa cae suavemente haciendo que se enciendan los fluorescentes de nuestra particular sala de espera. Son las doce y media de la noche y como si saliéramos de un sueño Örn se mueve irguiéndose todo lo alto que es y apoya una de sus grandes manos en mi hombro porque ahora que se ha sentado bien, da la sensación de que yo me esté cayendo hacia delante. Me dejo mover por sus fuertes brazos y no impido que la decepción aflore en mi cara. Por un momento he notado la calidez de sus fríos labios nórdicos cerca de mí pero me la ha arrebatado un puñado de luces alógenas.

–¿Echas de menos tu casa?

–¿Cómo no iba a echarla? –me cruzo de brazos frustrada. He de reconocer que ha escogido el peor momento para hacer esa pregunta– Aquí todo son rocas, nieve, frío y lluvia.

Örn se pone serio unos segundos, pero no como si estuviera enfadado, sino más bien como si buscara las palabras correctas.

–Islandia es una tierra dura pero ningún lugar bonito lo es sin algunas inclemencias ¿No? Tus playas se han creado por la erosión del mar y el viento, mi tierra es una mezcla perfecta entre hielo y fuego, de volcanes y glaciares. El verde de nuestros campos nos lo da la constante lluvia y eso hace que apreciemos más los días de sol. La climatología tan extrema hace que sus gentes sean amables y se ayuden, tradicionalmente ha sido la única manera de sobrevivir.

Me sonríe como si fuera una niña pequeña a la que le estuvieran contando un cuento de hadas, y así es exactamente como me siento. Aunque para ser sincera estoy deseando que en vez de leerme una historia se meta en la cama conmigo. Aunque eso no es muy infantil que digamos.

–Te lo enseñaré.

Y con una familiaridad no muy propia de su pueblo me arrebata el portátil y se pone a buscar fotos tal y como he hecho yo hace unas horas. Y sin darme cuenta el proceso se invierte y ahora es él el que me cuenta media vida, hablando de lugares increíbles, de pueblos olvidados, lenguas muertas, barcos vikingos, cascadas enormes y bosques interminables. Vuelvo a perder la noción del tiempo mientras escucho como parece que toda su vida ha girado alrededor de la naturaleza en un pequeño pueblo pesquero. En un momento dado, al señalarme algo de una foto (no sé realmente qué, porque en ese momento solo soy capaz de prestar atención a su cercanía y a mi corazón) pasa su brazo alrededor de mis hombros y me acerca disimuladamente a su pecho. Estoy tan cerca que soy capaz de percibir su colonia o tal vez sea el olor de su piel porque es una mezcla de canela, limón y cardamomo. Cierro los ojos y suspiro porque este chico huele a bollo recién hecho. ¡Ay mi madre que me lo como ahora mismo!

–De hecho si te fijas –se levanta separándome ligeramente de su lado y mi cuerpo se indigna conmigo misma por permitir ese alejamiento, pero a los dos segundos la mano de Örn viene a mi rescate y agarra la mía– Ven sígueme –y me arrastra de nuevo junto a la cristalera–.

En cualquier aeropuerto tan solo vería una extensión yerma de cemento, pero en este, al fondo, a lo lejos se pueden apreciar unas altas montañas en las que todavía se acumula una buena lengua de nieve.

–Esas son las montañas que me han visto crecer.

–Son enormes.

e4ebdada2aeb560f2b7ad3b450088051El asiente mirando hacia la que era su casa, y en ese momento me doy cuenta que él está haciendo en cierta manera lo mismo que yo hace algunos años. Dejando su hogar, mudándose a otra ciudad, seguramente separándose de sus amigos. Obviamente no es lo mismo porque solo estará a una hora de avión, pero en realidad ha decidido emigrar para encontrar un futuro mejor. En general no me cuesta demasiado empatizar y menos si la persona con quien lo hago está como un queso y huele a pan recién horneado, y esta vez no es distinto. Me doy cuenta de que Örn se enfrenta a un gran cambio en su vida y a un tipo de soledad que no todo el mundo es capaz de aguantar. Así que sin saber de dónde sale mi atrevimiento alzo la mano y le acaricio la cara exterior del brazo con suavidad. Él baja la mirada y clava sus azules ojos en los míos consiguiendo que mis rodillas se vuelvan gelatina. Hay algo hechizante en cómo me mira, igual es Thor, Loki, un vampiro o un ser de otro mundo porque por unos instantes no soy capaz de separar los pies del suelo. Levanta el brazo opuesto al que le estoy tocando y siento como la palma de su mano entra en contacto con la delicada piel de mi mejilla. Y de pronto estamos solos, y me da igual Menorca, Islandia, Asgard y la madre que me parió porque lo único que deseo con todas mis fuerzas es que me bese. Y como si hubiera pedido un deseo a mi Hada Madrina, Örn se inclina ante mí y posa sus suaves labios sobre los míos. Mi mundo entero empieza a girar, se llena de colores, olores y sensaciones que me dan vueltas en la cabeza. Noto un tirón extraño en el estómago que por un momento me hace pensar que me va a hacer levantarme de un salto y flotar. Su mano encaja a la perfección con mi mandíbula como si ese fuera el lugar exacto en el que siempre ha debido estar y aunque su gesto es suave no puedo evitar sentir que cada vez pide más de mí. Todo es tan absolutamente delirante que hasta me parece notar el brillo del sol en la cara en plena noche. Parpadeo porque diría que por un momento los fluorescentes brillan con más intensidad y me doy cuenta de que no era el delirio de un beso lo que sentía, sino la realidad. Ha salido el sol, otra vez. Porque solo en lugares como Islandia, el sol puede salir a las dos y media de la mañana.

Las nubes se han ido y parece que el viento ha amainado en cierta manera. Antes aún de que nos hayamos separado del todo la megafonía del aeropuerto vuelve a sonar. Intento agudizar el oído, pero ni dos años de islandés intensivo han conseguido que entienda la robotizada voz de las azafatas por el altavoz. Órn mira hacia el techo, como si pudiera ver a quien habla, aunque creo que es un intento de concentrarse en lo que están diciendo.

–Van a comenzar a embarcar a los pasajeros y van a empezar con los vuelos internacionales –con ojos tristes baja su mano y aprieta la mía– Creo que deberías ir a hacer la cola de embarque. No querrás perder el tuyo.

–Pero…

Y mi pero se pierde, porqué… ¿Qué vamos a hacer? ¿Renunciar a mis vacaciones por quedarme con él? ¿Qué él se olvide de sus planes y se venga a Menorca? Todo es absurdo porque no nos conocemos y ninguno de los dos tiene los billetes adecuados. Por quinta vez sé que me lee el pensamiento, pero esta vez ambos tenemos la misma idea al mismo tiempo. Sin perder el tiempo sacamos nuestros teléfonos y entre risas nos intercambiamos los números con la promesa de reencontrarnos a mi regreso.

Me doy la vuelta y me despido con la mano, agarro mi maleta y me dirijo hacia la puerta 14 dónde un grupo de autóctonos y foráneos hacen cola para aterrizar en Barcelona. Yo miro de nuevo por la ventana y suspiro. Realmente Islandia no está tan mal, es una tierra llena de aventuras, buena gente, luz, color… e incluso diría que ha empezado a hacer más calor.

Anuncios
 
Deja un comentario

Publicado por en 28 agosto, 2015 en Relatos

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: