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1er Capítulo “Todos los nombres de Irlanda”

03 Dic

todos los nombres de irlandaSergio estaba delante del espejo con la cara llena de espuma, afeitándose con parsimonia y precisión. Solo le cubría una esponjosa toalla azul que había utilizado para secarse después de la ducha. Tenía todos los utensilios bien ordenados, las cuchillas a un lado, la espuma al otro y la toalla con la que iba a limpiarse delante. Todo calculado al milímetro para no perder tiempo de manera innecesaria. En su vida y en su trabajo era importante llegar a tiempo, cumplir con los plazos era la clave de tener el puesto que tenía.

La puerta que conectaba el baño con su habitación estaba entreabierta y dentro sólo se vislumbraban penumbras. Tonos grises y blancos que le daban un aire lúgubre y casi mágico. Miró hacia la chica que estaba tumbada en su cama y se fijó en cómo[ su ropa interior blanca destacaba contra las suaves sábanas de la cama. Meneó la cabeza y sonrió. La había conocido en una fiesta que habían organizado unos clientes importantes. Era una de las azafatas del evento, o eso le había parecido escuchar mientras analizaba la mejor manera de seducirla y llevarse a su casa a esa morenaza de metro setenta, de ojos claros y curvas perfectas. Le recordaba ligeramente a Blanca, la fotógrafa con la que se había liado la semana anterior, por su nariz respingona y sus pestañas largas. O tal vez a Natasha, una rusa impresionante que había conocido en una discoteca del centro hacía unos días.

Las tres habían pasado por su casa, las tres habían pasado por su cama y a las tres probablemente no volvería a verlas. No tenía nada contra ellas, de hecho había disfrutado mucho de su compañía, pero no era hombre de encariñarse con una mujer. Le gustaba repetir, sin duda, si la ocasión lo merecía y si disfrutaba lo suficiente como para querer más. Pero nunca establecía ningún tipo de relación, a menos que fuera completamente sexual. Y eso solo lo había conseguido con Diana, una mulata simpática y atrevida que había llegado a su vida por casualidad y con la que se entendía a la perfección.

En la agencia le iba todo viento en popa, por lo que quería seguir centrando su mente en el trabajo y no en una mujer. Volvió a sonreír a su reflejo, pensando que no podía engañar a nadie. En realidad, dejando de lado su vida profesional, no tenía ganas de tener nada serio con ninguna mujer. Era demasiado divertido y placentero poder disfrutar de la compañía de una chica distinta cada noche. Lo tenía todo, sin aniversarios, sin ataduras, sin sentimentalismos, sin reproches.

Tenía todo lo que se podía pedir: dinero, un piso de lujo, un buen puesto de trabajo y a todas las mujeres que se le antojaran, cuando él quisiera tenerlas. Nunca había sido un modelazo de ropa interior, pero algo en sus ojos claros, en su piel curtida por su media treintena y en su sonrisa seductora lo hacía muy atractivo para el género femenino. Nunca había tenido ningún problema para escoger con quién pasar la noche: una presentación ingeniosa y un poco de conversación inteligente, sin ser ni empalagoso ni pesado, y el éxito estaba asegurado.

Se secó la cara y se dirigió semidesnudo al salón, cogió una cerveza de la cocina americana y se sentó en su sofá mientras estiraba los músculos de su cuello. Esa estancia también estaba a oscuras y solo entraba la escasa luz que traspasaba las cortinas que en esos momentos tapaban las puertas del balcón. El gris y el silencio se extendían a su alrededor. Se acomodó más, recostando la cabeza y subiendo los pies a la mesa. Disfrutaba de su soledad. Le gustaba el silencio que había en la casa, casi como si algo estuviera a punto de romperse en cualquier momento. Hacía años que vivía solo. Hacía años que había dejado a sus padres en Palma para irse a estudiar a Barcelona. Allí tenía su casa, allí tenía su trabajo y sus amigos. No echaba de menos el entorno familiar, aunque tenía que reconocer que tenía a todo el mundo lejos y con un mar de distancia. Paladeó lentamente el líquido ambarino y pensó que hacía tiempo que no llamaba a su familia. De un manotazo mental, como siempre hacía, apartó esa idea de su cabeza. En realidad no le apetecía nada contactar con ellos.

Michael-Fassbender-10El móvil, que descansaba al lado de sus pies descalzos, vibró y se iluminó dándole un resplandor blanquecino a las paredes grises. Con parsimonia y desgana lo cogió y miró el mensaje que brillaba en su interior. No pudo evitar sonreír. Tamara le proponía quedar al día siguiente para que hiciera una incursión en su trabajo. Era jefa del Front Desk, un lujoso hotel de la ciudad, y en sus ratos libres siempre le invitaba a pasar algunas horas disfrutando de las bañeras de hidromasaje que había en las habitaciones y, por supuesto, de su grata y morbosa compañía. No recordaba tener ninguna reunión a mediodía, así que aprovecharía la hora de comer para visitarla y pasárselo bien con ella.

Estiró los músculos de los brazos, manipuló su móvil y anotó en su Superagenda la cita. Él no era nada sin aquel fantástico calendario que le recordaba a diario todos los eventos, reuniones, citas, chicas y clientes con los que tenía que quedar, verse, comer o cenar. Dio un último sorbo a la cerveza y volvió a dejarla abandonada sobre la mesita mientras se encaminaba de nuevo a la habitación. Cuando entró por la puerta, la azafata de ojos azules lo miró incorporándose ligeramente. Ambos se sostuvieron la mirada unos segundos, sopesando si alguno iba a dar el próximo paso o no. Finalmente ella se puso de rodillas sobre la cama y no tardó en desplazarse sinuosamente hasta donde estaba él, pasándole la lengua por los labios al mismo tiempo que se deshacía con manos expertas de la toalla azul que cubría su cintura.

Sergio tenía la firme intención de descansar para Tamara, quería estar descansado para ella, pero lo de ahora, lo que se le presentaba en ese momento, pintaba mucho, mucho mejor. Y no podía negarse a ello. Era totalmente incapaz de renunciar al placer.

 

A menos de 5 kilómetros de distancia, ella estaba acurrucada en el sofá. Llevaba unos pantalones cortos de gimnasia que habían pasado tiempos mejores, una camiseta de manga larga deshilachada en algunos puntos y calcetines hasta las rodillas, que en esos momentos aguantaban el peso de sus brazos y su cabeza. Tenía los ojos rojos de tanto llorar, el pelo rubio revuelto en una coleta torcida y despeinada, y se sentía miserable. Hacía algo menos de un año que había dado carpetazo a Robert pero a pesar de que su día a día seguía adelante (y a pesar de que ya apenas dedicaba tiempo a pensar en su relación, tal vez solo 10 horas al día) a veces no podía evitar que le dieran esos arranques de pena, soledad y añoranza.

De verdad intentaba con todas sus fuerzas avanzar, olvidar, perdonar… Pero algunas noches se le hacía tan cuesta arriba que sentía como si el corazón se le fuera a desgarrar en dos mitades. Y en ese momento todo se convertía en un dolor que a su parecer se asemejaba con demasiada exactitud a lo que debía sentir alguien presa de un ataque al corazón. Pero sabía que no le estaba dando un infarto, claro que no. A ninguna persona de 27 años con una vida normal como la suya se le iba a parar el corazón solo por una ruptura, por muy dolorosa que fuera.

Se deslizó del sofá al suelo, se sentó con las piernas cruzadas sobre la mullida alfombra blanca y pensó; pensó de nuevo en todo lo que había pasado, pensó en cómo habían ido las cosas, en por qué había ocurrido todo aquello y en qué parte de culpa tenía ella en su fracaso como pareja. Noche tras noche, semana tras semana, mes tras mes se hacía esas mismas preguntas y empezaba a plantearse muy seriamente que tal vez ese mantra era, en realidad, un vicio un tanto insano. Y es que siete años con la misma persona no se borraban de un plumazo, por mucho que Cata le dijera que 8 meses eran más que suficientes para volver a la normalidad. Miró por la ventana, pero fuera estaba demasiado oscuro para ver nada, y lo único que le devolvió el cristal fue su propio reflejo. Abrió los ojos conmocionada y parpadeó intentando enfocar mejor, dándole la sensación de que era la primera vez que se veía en muchos meses. Ojeras, pelo grasiento, piel pálida, delgadez. Se acercó gateando para observarse. ¿Cuánto tiempo llevaba sin mirarse en el espejo? ¿Cuánto tiempo llevaba pareciendo un cadáver y nadie se había dignado a decírselo? De rodillas frente a la puerta del balcón se miró a sí misma. No es que estuviera sucia… pero iba hecha un auténtico desastre. Levantó las manos delante de sí y se miró las uñas. Estaban mordisqueadas. ¿Cuánto tiempo llevaba sin pintárselas siquiera? ¿A qué lugar recóndito se había fugado su yo presumido y atractivo? Volvió a mirarse en el espejo y creyó ver un leve reflejo de la que había sido. Detrás de las bolsas por llorar y de los pómulos marcados, seguía existiendo esa chica alegre que soñaba con comerse el mundo.

Se levantó de golpe y se quedó parada en medio del salón. No es que estuviera bloqueada sin saber a dónde ir o qué hacer; se hallaba de pie, inspirando de manera profunda y sosegada, cogiendo impulso para tomar la decisión que debía tomar. En esos segundos de pie simplemente saboreó la sensación de tomar el control de nuevo, de volver a tener objetivos claros en su vida. Paladeó la vibrante sensación que se le desencadenaba en el estómago y se esparcía cálida por todo su cuerpo. Como si hubiera estado dormida o helada durante mucho tiempo y en esos momentos se estuviera desperezando. Y precisamente eso hacía, sacudirse la pereza de encima. Quitarse la pereza de arreglarse, expulsar la pereza de salir de casa, alejar la pereza de conocer a gente nueva, a chicos. No, a chicos no, a hombres. Sacudió la cabeza como enviando fuera de la galaxia los últimos coletazos de sus pensamientos pasados, los que la ataban y condenaban a vivir hecha un ovillo de pena en su casa. Los que le hacían plantearse que ella tenía la culpa de todo. Llevaba tanto tiempo sin sentir todo aquello que por un momento no supo ni por dónde empezar. Se concentró unos segundos en pensar cómo organizarse y lo vio claro. Todo lo que tenía que hacer era dividir las tareas en cosas sencillas, cosas que pudiera hacer, cosas que no requirieran demasiado esfuerzo.

Lo primero, buscar el móvil. Echó una ojeada al salón y lo localizó enterrado entre los cojines de su sofá. Fue a por él y tecleó un mensaje a Cata. Le había propuesto salir esa noche, igual que todos los viernes, y ella, igual que todos los viernes, le había dicho que no. Últimamente sacarla de su submundo era un enorme ejercicio de paciencia en el que la mayoría de ocasiones no se obtenía ningún resultado. Y, por esa razón, tenía bastante mérito que su amiga siguiera intentándolo semana tras semana. El mensaje que le envió le decía que se veían en hora y media en el bar al que le había propuesto ir. No esperó a ver la respuesta, sabía que Cata lo recibiría, pasaba más horas delante de una pantalla que interactuando con personas de verdad. Cosas del trabajo.

La segunda tarea era eliminar los rastros de cualquier lágrima. Se fue desnudando por el camino hasta que entró en su ducha. No fue una ducha habitual, esa rutina automática que hacía todas las mañanas para guardar las formas sociales y no caer en el abandono total. Sino que fue una ducha energizante. Cambió la posición de la alcachofa y enfrió el agua. Al principio boqueó pero después un suave frescor y la sensación de la sangre bullendo por su cuerpo le hicieron sonreír. Y se dio cuenta de que era la primera sonrisa sincera que se posaba en sus labios en los últimos tiempos. Salió casi de un salto con el cuerpo envuelto en una mullida toalla rosa y el pelo enroscado en un turbante. El siguiente paso era el pelo, tenía que secarlo. Y los dientes, quería un aliento fresco que le diera seguridad esa noche. Mientras con una mano se secaba su media melena, con la otra se frotaba con brío los incisivos.

Escupió lo que le quedaba de pasta y siguió concentrada en su cabello. Ahora a moldear un poco las puntas para que su peinado tuviera algo más de gracia. Lo siguiente era pintarse las uñas. Abrió el pequeño armario, el que antaño había sido un festival de color y que en esos momentos solo contenía polvo y laca reseca. Comprobó uno a uno sus pequeños potecitos y solo pudo rescatar uno rojo. Se encogió de hombros; por el momento tendría que valer, pero debería acordarse de apuntar en su estupendo móvil la tarea de renovar su fondo de pintauñas. Todavía envuelta en la toalla, aplicó el maquillaje sobre sus 20 dedos y esperó tamborileándolos contra las frías baldosas del suelo y soplando hasta casi hiperventilar. Por suerte era de secado rápido y en seguida pudo dedicarse a otra cosa.

Fue a su armario y sacó varias prendas que colocó sobre la cama. Se dio la vuelta y las examinó. Muchas hacía años que no veían la luz del sol, y de hecho, ese seguramente tampoco iba a ser su día. Lo que hoy iban a ver en todo caso era la luz de la luna. Finalmente se decidió por un ridículo microvestido que se había comprado en un momento de locura transitoria junto a Cata. Era negro, de tirantes anchos, escote de vértigo y algunas transparencias. Todo acabado con unos botines de tacón a juego. Se miró al espejo y sonrió (por segunda vez) con satisfacción. Empezaba a reconocerse en el reflejo. Ahora solo quedaba el maquillaje. Volvió al baño y cogió su neceser. Lo miró con el ceño fruncido y comprobó que la mayoría de sus potingues había caducado. Tiró la mitad de las cosas y se apañó con el resto: máscara de pestañas, sombra de ojos suave y pintalabios rojo a juego con sus uñas. Como se había quedado sin colorete, se impregnó ligeramente el dedo índice de carmín y lo aplicó con suavidad sobre sus pómulos. Parpadeó con coquetería y pensó que para tratarse de un experimento arriesgado de última hora, había quedado bastante bien.

Miró el reloj y vio que todavía le habían sobrado 10 minutos. Eso era fantástico, le iba a dar tiempo de deshacerse de algunas cosas que ya no tenían cabida en su nueva vida y que quería bien lejos, puesto que solo le iban a provocar remordimientos y tentación. Cogió una bolsa de basura, metió en ella el pantalón corto y la camiseta que había llevado puestos hacía solo unos minutos y se fue de nuevo hasta su armario. De un plumazo cayeron todos los tejanos desgastados, las camisetas lisas, las bragas con la goma dada y los sujetadores sin relleno (bueno, respetó uno especialmente cómodo porque nunca se sabía cuándo lo podría necesitar). Por último cogió sus deportivas, gastadas y trotadas, que se habían convertido en sus mejores amigas en ese último año. Negó con la cabeza y las lanzó dentro de la bolsa. Al día siguiente iría a comprarse unas de auténtica runner. Desde que se había acabado su relación con Robert había dejado de hacer deporte y aunque su constitución nunca había sido rellenita, acababa de descubrir que sus muslos y su tripa estaban más flácidos de lo normal… Y estaba decidida a cambiarlo. Se había cansado de llorar, padecer y lamentarse. Era hora de espabilar y renacer de esa relación más fuerte, más sana y si cabía, más guapa. Porque sí, porque le apetecía, porque era dueña de su vida y porque no iba a dejar que nadie nunca más le estropeara el maquillaje.

Casi sin pensar se puso colonia, pendientes y pulseras y con la bolsa de basura se dirigió a la calle a coger el coche. Se quedó parada frente a él y lo miró; era un pequeño BMW Mini que había visto y vivido demasiadas cosas… y que ahora, tal vez, ante esa nueva yo que estaba surgiendo, se le quedaba demasiado mini. Se sentó en el asiento del piloto y lo palmeó ligeramente, como si le diera las gracias y se despidiera al mismo tiempo.

En cuestión de minutos estaba entrando por la puerta del local en el que había quedado con Cata. Nada más entrar se dio cuenta de que varias miradas se posaban en ella y la recorrían con interés, pero las ignoró. Se mostró seria y fría. Su nuevo yo no estaba para tonterías. En seguida la localizó apoyada en la barra junto a otras dos chicas, levantó la mano y los vivarachos ojos de color miel de su amiga se abrieron desmesuradamente de asombro. Con una roja sonrisa se acercó a ella y le plantó dos besos en la cara.

—Madre del amor hermoso —exclamó—. ¿Quién eres tú y qué has hecho con mi amiga?

—La he mandado a freír espárragos por aburrida y cansina.

—Ya veo… —Silbó—. Casi te prefiero deprimida, perraca, me vas a robar a todos los hombres.

—A todos no, tranquila. —Se apoyó en la barra y pidió un Martini a un diligente camarero que se la comió con los ojos—. Solo a uno.

—¿Ah, sí? —Se giró hacia ella y levantó una ceja—. ¿A cuál, si se puede saber?

—Todavía no lo sé. —Dio un sorbo a su Martini y miró a su alrededor buscando a alguien—. A ese, por ejemplo. —Señaló con la cabeza a un chico alto y rubio que estaba unos metros delante de ellas.

—¿Al tiarrón ese que parece modelo de Calvin Klein?

—Sí, a ese mismo.

—Pero… ¿Lo conoces?

—¿Yo? ¡Qué le voy a conocer! —volvió a beber tranquilamente—. Es la primera vez que lo veo.

—¿Y piensas irte con él? —Esta vez Cata cambió de actitud y le sonrió burlona, dejando ver que no se creía nada de lo que decía.

—Eso es lo que va a pasar.

—Vale, churri, dime qué has tomado porque yo quiero un poquito.

—¿No me crees?

—Pues no. Mi amiga la sensata, que lleva siendo un manojo de lágrimas recordando a su ex durante el último año, no se iría con ese tipo esta noche.

—Ya Cata, pero es que ya te he dicho que a esa la he mandado al rincón de pensar y ha decidido quedarse allí recogidita.

—Ya bueno, pero me da que estás algo oxidada, maja. A ver si te piensas que es tan fácil como ir y…

—¿Te apuestas algo?

Y no le dio tiempo a contestar, le plantó un sonoro beso en la mejilla que la dejó noqueada y se encaminó con decisión y soltura hacia el chico guapo que había señalado. Cata solo pudo fijarse en el intencionado contoneo de caderas, en el desparpajo al presentarse y en cómo las manos y los ojos de su amiga volaban coquetos por el cuerpo del chulazo de discoteca, que sin duda quedó flasheado ante su carisma y su belleza; desde luego algo había pasado aquella noche, algo la había cambiado por completo.

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Publicado por en 3 diciembre, 2015 en Relatos

 

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