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Escena Éire – Robert de Todos los nombres de Irlanda

20 Abr

ALERTA!! ESTE TEXTO ES UN SPOILER SI NO HABÉIS LEÍDO EL LIBRO HASTA EL FINAL.

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novela romanticaNos alejamos calle abajo y empiezo a ser totalmente consciente de todas las sensaciones que está experimentando mi cuerpo. Los tacones me duelen a rabiar y tengo que empezar a girar el pie ligeramente para intentar paliar la incomodidad. Siento como un nudo de nervios, pequeños y apretados como un enjambre de abejas o un nido de serpientes se me instala en el estómago. No quiero, pero he empezado a sudar. Suspiro intentando relajarme pero lo cierto es que prácticamente no lo consigo. Siento la tentación de echar la vista atrás y ver cómo he dejado a mis amigos, pero no puedo. He tomado una decisión y he de ser consecuente, esta historia con Robert tiene que terminar ya, me lleve a dónde me lleve. Si volviera la vista y viera a Sergio y a Cata, creo que echaría a correr y no sé en qué dirección.

La excitación y la euforia que me provocaba ir a casa a pasar la noche con mi director de cuentas se han esfumado. Solo queda un sordo y vago recuerdo de cómo me sentía en el Karaoke, casi como los acordes lejanos de una canción familiar escuchada a lo lejos. Me apetece volver con ellos, pero… Robert está aquí y la atracción que su persona ejerce sobre mí me impide volver sobre mis pasos. Chasqueo la lengua con impaciencia, pero no porque tenga ganas de acabar con esto, sino porque tengo ganas de acabar con este sentimiento que me nubla. Los últimos días han sido una pesadilla. Demasiadas emociones, demasiadas sensaciones. Todas pensaba que enterradas hace tiempo, pero es tenerlo a mi lado, escucharle hablar y siento como si la tierra temblara bajo mis pies, siento como si todo mi universo se pusiera patas arriba. ¿Y si hubiese todavía una oportunidad de hacer las cosas bien?

-Lo siento mucho.

-¿Qué?

La frase tiene sentido y de hecho no esperaba que otra saliera de su boca, pero estoy tan concentrada en mis propios pensamientos que en ese instante no capto a qué se refiere exactamente.

-Siento haberte perseguido estos días, pero necesitaba hablar contigo. De verdad que lo necesitaba.

-¿Te sentías solo en San Valentin?

Robert rio con sarcasmo dedicándome una mirada que hizo que una campanilla imaginaria de advertencia sonara en mi cabeza.

-No solo en San Valentín. Llevo echándote de menos meses.

Resoplo porque aunque quiero creerlo no confío en él. Resoplo porque quiero creerlo. Resoplo porque tengo miedo de que si digo o hago otra cosa note esos sentimientos.

-¿Qué quieres Robert?

-Ya te lo he dicho. Solo hablar.

-Pues habla de una vez.

-Fui un gilipollas.

-De hecho me da la sensación de que en eso no has cambiado mucho.

-¿Qué quieres decir?

-La escenita de antes ha sido un poco patética, la vedad.

No le gustaba cómo había tratado a Cata, ni cómo había tratado a Sergio… ni cómo la había tratado a ella.

-Joder, lo siento. Tienes razón –parecía que después de todo estaba más predispuesto que normalmente a bajarse los pantalones-. Es que ese capullo me ha puesto de los nervios… ¿Es tu novio? –y veo cómo una angustia corrosiva se le planta en la cara, dándole un aspecto casi desvalido. Desvío la mirada porque me emociona verlo de esa forma por mí.

-No, no estamos saliendo. Pero en cualquier caso no sería asunto tuyo.

-Pues si no es nada tuyo, entiendo que no tenía que meterse en nuestras cosas. Ni Cata tampoco. No tienen ni idea de lo que hemos tenido.

-Déjalo ya, por favor –cierro los ojos con amargura porque todavía soy capaz de recordar los buenos momentos juntos y lanzo una maldición porque, a pesar del tiempo, los malos no han conseguido eclipsarlos.

-No, no lo quiero dejar. De eso quería hablar –me roza el brazo con la mano y siento como la piel se me pone de gallina hasta el hombro-. Joder Éire, no he tenido con nadie lo que tuve contigo. No he conocido a nadie como tú. Con tu energía, tu positividad, tus locas ganas de vivir. Sé que fui un imbécil y que no me merezco ni que me dirijas la palabra. Me porté tan sumamente mal que solo puedo darte las gracias por haber accedido a hablar conmigo. Ni siquiera sé qué coño decirte para no parecer estúpido.

Me paro en medio de la calle, básicamente porque estamos llegando a mi portal, aunque no pienso decírselo. No estoy nada segura sobre cómo acabaría la noche si le hago subir a mi piso. Así que dejo que piense que simplemente me he parado para concentrarme mejor en su discurso.

-La verdad no creo que puedas decir nada. Son… demasiadas cosas que perdonar.

-Te quiero.

Por un momento casi me caigo de mis tacones. Estaba intentando encontrar una postura cómoda y esa confesión a bocajarro me ha hecho perder la concentración, o el equilibrio, no sé. Realmente siento que las piernas me han empezado a temblar. Odio sentirme tan débil con él. Odio sentir que no tengo armas contra él.

-¿Pero qué dices?

novela romantica-Que eres el amor de mi vida. Que fui un completo energúmeno al acostarme con todas esas tías. No te llegaban a la suela de los zapatos. Fui un descerebrado y no supe valorar lo que tenía al lado. Te juro que te quise en todo momento igual que te quiero ahora… Solo que… pensaba que necesitaba más cosas, pero no. Este tiempo sin ti me ha hecho darme cuenta de que eres la única persona que quiero tener a mi lado. Te juro que no volverá a pasar jamás.

Me quedo callada mirándolo porque veo la desesperación en sus ojos, veo el sudor en su frente. Sé cómo es y lo que le está costando decirme todo esto… pero… es que no le creo. Hacía años que no nos veíamos, cualquiera diría que es momento de pasar página. De olvidar lo que pasó, aunque solo sea por mantener una relación cordial. Pero de repente lo recuerdo todo. Recuerdo la llamada, recuerdo sus mensajes, sus emails, recuerdo el vacío en mi estómago, recuerdo los lamentos, los gritos y las disculpas, las peleas y la frustración.

-De verdad, Éire, por favor –me coge de los hombros y el tacto de sus manos sobre mis brazos hace que me empiece a hervir la sangre. Noto su aliento mezclado con el olor a tabaco del cigarro que sé que ha fumado hace poco y toda yo me revuelvo, porque esa cercanía, a estas alturas, me resulta incómoda-. Te prometo que esta vez será diferente, te prometo que estaré más pendiente de ti, que haremos cosas. Te prometo que viajaremos e iremos al teatro, te prometo que me esforzaré por hacer cosas juntos, por encontrar tiempo para nosotros. Me esforzaré para que seamos felices. Lo fuimos una vez ¿No te acuerdas?

Estoy demasiado concentrada en intentar asimilar todo lo que dice, así que cuando se acerca más a mí y me besa, me pilla totalmente por sorpresa. Sus labios son cálidos y familiares, y casi como si fuera un proceso automatizado por mi cuerpo, se lo devuelvo. Sin embargo algo no funciona. Mis manos se han aferrado a su cuerpo pero no es como lo esperaba. Últimamente estoy acostumbrada a unos brazos más fuertes y a un torso más amplio, es como si Robert, de pronto, me resultara escaso. La nicotina de su aliento me invade las fosas nasales y su lengua ya no resulta tan nativa de mi boca como lo era en el pasado. Mi conciencia y mi cerebro reconectan de nuevo y me doy cuenta de sus palabras… ¿Se va a esforzar? ¿Estar conmigo resulta un esfuerzo? ¿Fuimos felices? La impotencia, el odio y la rabia crecen en mi interior y explotan. Le doy un empujón tremendo alejándolo de mí y acto seguido le estampo una bofetada que le cruza la cara. Por él. Por lo imbécil que es. Por venir a hacerme perder el tiempo. Por perseguirme. Por no dejarme estar con las personas que quiero.

-¡Por Cata y Sergio!

-Joder –trastabilla un poco y me mira con una ira que no había percibido en él jamás y que solo consigue encenderme más-. ¡Serás zorra!

Noto cómo la ira se esparce lentamente por mi cuerpo con un aleteo nervioso y brutal. ¿Zorra yo? Yo que lo he dado todo, yo que me dejé la vida en que todo funcionara. Yo que fui la que sufrí, la que se pasó meses hecha una mierda. Yo que intenté perdonarle. Yo que me he prestado a escucharle. Noto que la ira me domina, y antes de darme cuenta le planto un puñetazo en la nariz que suena muy muy mal. Esta vez es él el que retrocede un par de metros llevándose las manos a la cara que pronto empieza a estar cubierta de sangre.

-¡JODER! ¡HOSTIA PUTA! ¡ME HAS ROTO LA NARIZ!

-¡Esta por mi gilipollas!

Me doy la vuelta y corro. Corro para alejarme. Corro para llegar a casa. Corro para estar a salvo. Y a medida que vuelo por la calle, la euforia me eleva unos cuantos metros sobre el nivel de la acera. A medida que mis pies se pelean por llegar a mi portal noto que floto y que la felicidad me hincha. Para cuando llego a mi casa, siento que el enorme peso que he llevado a cuestas durante años en el pecho ha desaparecido, la adrenalina me invade y no puedo parar de sonreír. Me echo en cruz en la cama, solo vestida con ropa interior, el tacto de la ropa de cama es suave y me duermo acunada por una increíble sensación de extrema libertad.

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Publicado por en 20 abril, 2016 en Relatos

 

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