RSS

Cap. 1 – RAYOS DE SOL

23 Ago

1er capítulo, escrito por mí de la novela conjunta llevada a cabo por las participantes del grupo de Facebook Aquelarre Romántico. Para seguir la novela ir a la siguiente página: https://www.facebook.com/groups/538035753041320/

 

_____________________

tinte-en-casa05Silvia se mordisqueó una uña mientras leía con atención la caja del tinte para pelo que se acababa de aplicar. Era la primera vez que se teñía, bueno, en realidad se había hecho mechas alguna vez, y a los 16 se había puesto todo el pelo de color rojo, pero desde entonces siempre había permanecido de tono castaño claro. Según las instrucciones del potingue de perfumería, su cabello sería del tono de los rayos del sol al amanecer. Resopló sin demasiada convicción, probablemente porque tampoco tenía mucha idea del color de los rayos del sol por la mañana, a esas horas prefería estar durmiendo que evaluando la tonalidad del astro rey.

Se dirigió a la cocina y comprobó el estado de la tarta de manzana que tenía en el horno y que estaba cocinando para el cumpleaños de Marta, su mejor amiga. Lo celebraba hoy en su casa, y semanas atrás se había comprometido a llevar ella el pastel con las velas. Sabía que tal vez, su tarta de manzana con canela no era el típico dulce de cumpleaños rebosante de nata y fondant, pero era el postre favorito de su amiga, y se lo estaba preparando con todo su cariño.

Empezó a mover las caderas al ritmo de la última canción de Shakira y Carlos Vives que sonaba en la radio mientras comprobaba el grado de cocción del pastel, hasta que cruzó por su mente el recuerdo de Marta anunciándole la presencia de Diego en la fiesta. Se enderezó con cara de frustración, apagó el horno y lo cerró de una patada. Diego era la pareja de baile de Marta en clases de Bachata: Moreno, apasionado, atlético, simpático… un dios latino con el que, a priori, no le daba la sensación de tener nada en común por mucho que su amiga estuviera insistiendo en emparejarlos. Lo de hoy era una especie de cita a ciegas, aunque Silvia sospechaba que el pobre mozo no tenía ni idea de lo que su compañera de baile pretendía. Para ella había sido mucho peor, Marta se había desvivido por describirle todas las bondades del bailarín acompañadas de una bolsa en la que había uno de los vestidos más entallados que poseía su amiga y un tinte para el cabello llamado Rayos de sol al amanecer, porque según ella, su pelo parecía mortecino y sin vida.

Y allí estaba ella, con el pelo en una redecilla y un vestido de color vino que aunque resaltaba mucho (muchísimo), su pecho, destacaba excesivamente sus caderas. Intentó mirarse por todas partes por enésima vez antes de dirigirse al salón para acabar de esperar a que se hiciera la hora. Tamborileó los dedos en la barra de madera que separaba la cocina del salón. En ella descansaba el ramo de flores que no habían pasado a buscar por la floristería. A veces ocurría, le hacían un encargo maravilloso y alguien lo dejaba olvidado en su tienda. Siempre intentaba adivinar el porqué de aquello, tal vez era un regalo fácil y finalmente la persona que lo encargaba encontraba algo mejor, tal vez era una manera de pedir perdón de la cual se arrepentían en el último momento, quizás un presente de cumpleaños tardío cuyo solicitante realmente se olvidaba de recoger. Silvia solía inventarse rocambolescas historias sobre esos ramos olvidados, al final le daba tanta pena tirar sus queridas flores, que se los acababa llevando a casa para darles una segunda oportunidad. Después de todo nadie cuidaría de sus flores como ella.

Sonrío para sí mientras arreglaba los pétalos de una de ellas, cuando volvió a pensar en Diego. Se reprendió a sí misma, no valía la pena estar nerviosa. Sería un chico majo, hablarían un poco, Silvia se quedaría bloqueada de la vergüenza, se crearía un silencio incómodo y ambos huirían a sus respectivos rincones. Justo dónde debían estar. Marta llevaba intentando emparejarla desde hacía varios meses ya. Si no era con su primo, era con su nuevo compañero de trabajo, o con el repartidor de pizzas. Decía, que Silvia era demasiado tierna y divertida como para estar sola, y que si ningún hombre se había dado cuenta de ello hasta el momento era porque era demasiado tímida como para dejarse ver. En realidad ella se sentía mucho más cómoda fuera del trato personal, y no solo era cosa de la interacción con chicos, que siempre le había costado, sino que era un rasgo de su personalidad en general. No le gustaba mucho hablar, y cuando nacieron los chats e internet vio su salvación en ellos. Por desgracia, las relaciones interpersonales no habían avanzado tanto como para que todas se hicieran a través de una pantalla de ordenador. Tal vez por eso se había dedicado a la jardinería y había abierto su tienda de flores. Con sus plantas solo tenía que conversar si era necesario, y la mayoría de sus clientes se limitaban a pedirle un tipo de ramo o elegir un centro, pagar e irse.

Volvió a tamborilear los dedos y posó la vista en su ordenador… Le daba muchísima pereza conocer a Diego, sin embargo, había algo que la llamaba desde hacía mucho tiempo y que todavía no se había atrevido a hacer. Se bajó del taburete en el que estaba sentada y se acercó despacio hacia el sofá. Se sentó y presionó el botón de “on” y volvió a pasear los dedos, pero esta vez en la superficie de la mesa de cristal. Tal vez si ella misma conseguía una cita, Marta dejaría de atosigarla con la infatigable búsqueda del hombre ideal.

Entró en internet y tecleó la dirección de la página de ligoteo más anunciada en televisión: Tipsy Cupido. Se mordió el labio inferior sintiendo que se estaba volviendo majara por momentos. Tal vez el vestido de Marta le estaba apretando demasiado y empezaba a no tener riego sanguíneo en el cerebro, tal vez el acusado escote le hacía sentirse valiente, o tal vez estaba harta de no recibir nunca ningún ramo de flores. No tenía ni idea de porqué por fin se había decidido a investigar esa página que tanto la llenaba de curiosidad, pero se puso a ello.

Los datos principales eran fáciles: qué buscaba, fecha de cumpleaños y ciudad. Vale, algo básico para empezar a buscar su media naranja. A medida que fue avanzando por la página las preguntas se volvíeron más íntimas y complejas, pero… ¿quién era ella para cuestionar la matemática del amor? Así que rellenó su perfil, aunque había preguntas de las cuales no tenía ni idea de las respuestas:

– ¿Qué te llevarías a una isla desierta?

¿A más gente?

– ¿Cómo definirías tu relación con tus compañeros de trabajo?

Nula. No tengo compañeros

– ¡Atención! Lo que pongas a continuación completará tu frase de perfil: “Hola soy Silvia, me acompañas a…

Silvia frunció las cejas pensativa. Estaba claro que debía ser original, ya que estaba segura de que la mayoría de las personas de Tipsy Cupido habrían puesto cosas clásicas como “conocer mundo”, “una cena romántica”, “dar una vuelta”. Hasta ella que era una patosa en todo el tema del cortejo y el amor, era consciente de que esa frase importaba mucho. Debía llamar la atención. Se quedó mirando al infinito devanándose los sesos, hasta que sin saber muy bien porque, le vino a la cabeza.

Cazar cocodrilos

Rio sobre su propia gracia y pataleó al suelo plenamente satisfecha de que por una vez su creatividad, no relacionada con las plantas, la ayudara en el arte del amor. Con una sonrisa en la boca, dio al botón de avanzar y llego, por fin, al último paso: La foto. Buceó por su Facebook hasta que encontró una en la que salía decente y… voila, ya tenía su perfil acabado. Lo supervisó por encima y pensó que no había quedado tan mal después de todo. Tenía unas cuantas aficiones, algunos rasgos de personalidad para que nadie se llevara sorpresas, una frase creativa y una foto adecuada. Sin dejar de sonreír se abrazó las rodillas y se quedó mirando unos segundos la pantalla. Nada. Actualizó un poco la página y nada de nada. Se llevó la mano a la barbilla y la dejó reposar allí unos segundos. Estaba claro que había sobreestimado el poder de Tipsy Cupido. ¿Qué debía hacer? Paseó por las páginas y descubrió una pestaña en la que le sugerían varios futuros amores de su vida. Miró sus perfiles con bastante interés, y se fijó en el de un chico de 32 años llamado Alejo. Era moreno, tenía una mirada muy bonita de color verde y decía que era veterinario. Plantas y animales la cosa pintaba bien. Se preguntó qué diablos hacía un chico como él en un lugar de citas como ese, pero luego recordó que ella misma acababa de crearse un perfil.

Según ponía su ficha de Tipsy Cupido, podía enviarle un flechazo, o empezar una conversación con él por el chat. Se retorció las manos pensando cual era la mejor opción, y finalmente pensó que para empezar a probar la página lo mejor sería mandarle el inocente toque con el que no era necesario ni hablar, a ver cómo reaccionaba él a su perfil. Al darle al botoncito virtual se sintió poderosa y femenina. Era una estupidez y una tontería, y probablemente una gilipollez también, pero teniendo en cuenta sus nulos acercamientos al sexo opuesto de los últimos meses, ese pequeño paso, le pareció grandioso.

Con la satisfacción recorriéndole el cuerpo se levantó para dirigirse al baño y lavarse el potingue decolorante de la cabeza. Estaba a mitad de camino cuando escuchó el sonido de su teléfono móvil, dio unos cuantos rápidos pasos hasta llegar de nuevo a la mesita del salón y lo cazó al vuelo.

-¡Hola Marta!

-¡Hola guapísima! ¿Cómo vas?

-Estoy casi lista.

-¿Llevas el vestido?

-Sí.

-¿Y qué tal te queda?

Silvia meditó unos segundos.

-De cintura para abajo parezco una salchicha.

-¡No digas tonterías! Tienes un culo estupendo, empieza a creértelo.

-Solo me lo dejo puesto porque no me desagrada del todo.

-Vas a estar genial. A Diego le vas a encantar.

Silvia resopló con impaciencia al recordar esa cita a ciegas.

-Oye de verdad que no creo que…

-Ya verás, es encantador. Le vas a gustar, deja de quejarte.

-Eres tú la que se contonea con él cada semana. ¿No le gustarás tú?

-¡Que va! Solo somos amigos.

-Ya.

-Le he hablado de ti.

-¿Qué has hecho qué? –todas las alarmas se dispararon en el cuerpo de Silvia.

-Le he dicho que eres empresaria, que te gustan las flores, que eres muy simpática y que no has tenido mucha suerte con los tíos.

-¡Oh por Dios! –Se llevó una mano a la cara y se la tapó horrorizada ante el perfil sesgado que había dado su amiga-. Creo que me voy a quedar en casa.

-¡Oye! –se quejó-. ¿Y qué pasa con mi tarta?

-Te la llevo y me piro.

-Ni hablar, te voy a secuestrar.

-¿Solo llamabas para chequear si iba bien vestida?

-Solo llamaba para saber si tenías mi tarta controlada.

-Controladísima.

-¡Genial! ¡Nos vemos en una hora amore!

-¡Un beso!

Colgó y se quedó agarrada a su teléfono móvil unos segundos. Aquella tarde iba de mal en peor. Estaba pensando en ello cuando desde su ordenador le llegó un sonidito de notificación que no tenía identificado. Se rascó la cabeza extrañada y se dirigió despacio al portátil para ver qué había ocurrido.

En la pantalla aparecía una ventana emergente que le indicaba que tenía un mensaje en su buzón de Tipsy Cupido. De nuevo todas las alarmas se dispararon pero esta vez casi hasta percibió serpentinas de fiesta e ilusión en el interior de su cabeza. ¿Sería Alejo? Abrió el mensaje y la decepción la sacudió un poco al comprobar que el mensaje no era de su flechazo, sino de Alberto, un chico castaño, de ojos marrones, de 34 años y biólogo.

ALBERTO_JC DICE: Hola Silvia, ¿Conoces algún buen lugar para cazar cocodrilos por tu zona? Por la mía no hay ninguno.

 

Silvia rió para sí misma, y una pizca en voz alta también. Alberto parecía majo y le encantó ver que su frase de los cocodrilos había surtido el efecto que ella esperaba. Se mordió el labio, se apartó un mechón de pelo que le molestaba en la oreja y se decidió a contestar.

SILVIA_MY DICE: La verdad es que cuestan de encontrar. Si estuviéramos en Estados Unidos tendríamos uno en cada alcantarilla.

La respuesta no se hizo esperar.

ALBERTO_JC DICE: ¿Me estás invitando a ir a Estados Unidos de Caza? Creo que es el plan más impresionante que me han propuesto en esta web.

SILVIA_MY DICE: En realidad creo que mi presupuesto no me da para llevarnos a los dos a América.

ALBERTO_JC DICE: Es una lástima. Sin embargo conozco una cafetería en la que hacen todos los bollos yankees que te puedas imaginar.

SILVIA_MY DICE: ¿Me estás invitando a un bollo?

ALBERTO_JC DICE: No sé, ¿Te dejarías invitar?

¡PANIC ATACK! ¡PANIC ATACK! Se subió al sofá de un salto y se llevó las manos a la cabeza. ¿Qué había hecho? ¿¡Qué!? ¿Por qué se metía en esos embolaos? ¡Con lo tranquila que estaba ella! Se bajó de otro salto, se rascó la cabeza de nuevo con más insistencia y observó la pantalla del ordenador sin saber qué hacer.

ALBERTO_JC DICE: ¿Hola? Oye Silvia, no quería asustarte. No hace falta que quedemos si no quieres, la verdad es que odio bastante los chats, pero entiendo que sea muy precipitado. Olvida lo que te he dicho.

Estaba empezando a sudar, notaba un calor que le emanaba de la cara y le bajaba por todo el cuerpo. Alberto no la había ofendido, solo la había bloqueado momentáneamente. Para salir del atolladero, escribió lo primero que le vino a la cabeza.

SILVIA_MY DICE: ¿Por qué odias los chats?

ALBERTO_JC DICE: Porque todo se malinterpreta. No puedes dar tonos a las frases, y a veces la gente se piensa que estás siendo borde cuando no es tu intención.

SILVIA_MY DICE: Tienes razón. Aunque yo no odio los chats.

ALBERTO_JC DICE: Estaría encantado de seguir chateando contigo Silvia. Si tú quieres, claro.

Volvió a bailar mentalmente, porque el biólogo de ojos castaños parecía totalmente encantador. Notó un picorcillo en la cabeza que la inquietó aunque no supo exactamente de qué se trataba. Miró el reloj del pc y vio que tenía que ponerse en marcha para ir a la fiesta de Marta o sino llegaría tarde.

SILVIA_MY DICE: A mí también me gustaría saber más de ti, pero ahora tengo que irme. ¿Qué te parece si hablamos un poco más tarde?

ALBERTO_JC DICE: Genial. Pásalo bien.

SILVIA_MY DICE: Y tú.

game-of-thrones-season-6-emilia-clarke-khaleesiCerró la tapa del portátil y con rabia volvió a rascarse por debajo de la redecilla. En ese momento se dio cuenta de qué era esa sensación tan inquietante. Estaba sudando, pero el calor no emanaba de su cara, sino de su cabeza. Miró con pavor de nuevo el reloj y se dio cuenta de que llevaba con el tinte puesto 20 minutos más de los que debía. Casi sin respiración se fue corriendo hacia el baño y metió su cabeza como pudo en el lavamanos para deshacerse del pringue del color del amanecer, rezando a todos los dioses que conocía para que el desastre no fuese absoluto. El agua fresca le sentó de maravilla y por un segundo tuvo la certeza de que todo iría bien. Hasta que levanto el cuello y se contempló al espejo. Su boca siguió el mismo recorrido que las gotas de agua que resbalaban por su rubio pelo. Solo que no era del color de los rayos del sol, sino que eran de un rubio platino rallando el blanco albino. Más que una diosa rubia, parecía una Khaleesi trasnochada. Las lágrimas subieron a sus ojos, porque además, el aspecto del pelo no era nada bueno, era como si se hubiera teñido cien veces el pelo, se lo hubieran quemado y lo hubieran vuelto a teñir. Y ahora ¿Qué se suponía que iba a hacer?

 

Anuncios
 
Deja un comentario

Publicado por en 23 agosto, 2016 en Relatos

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: