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Relato Chick lit para Chick lit Central Spain

Estoy frente a las grandes puertas que separan no solo un pasillo extraño de un lujoso hotel de una sala de fiestas espectacular, sino también, simbolizan la frontera entre dos tiempos distintos. No puedo evitar tener la sensación que una vez las cruce no seré la misma persona, como si un reflejo de mi misma se fuera a quedar en ese corredor enmoquetado y otra yo diferente, siguiera adelante. En realidad es justo de lo que tengo ganas y por eso cierro los ojos intentando captar e imaginar un solo aleteo de esa realidad nueva que parece estar al alcance de mi mano. Instintivamente alzo el brazo y la poso sobre la mezcla de madera y acero que está asumiendo el papel de barrera.

Puedo notar los latidos de la música al otro lado, el volumen debe ser ensordecedor, lo habitual en las fiestas de navidad de una empresa. Deben suponer que las conversaciones en este tipo de eventos, es mejor ahogarlas en una marea de sonidos, compases y notas que las lleven lejos y les hagan perder importancia. Abro los ojos de nuevo, separando la mano y llevándola hacia mi pecho. Soy totalmente consciente del bombeo de mi corazón, de la sangre fluyendo por mis venas y del rubor que escala hasta mis mejillas arrevolándolas y tiñéndolas de carmín. Tengo tantas ganas de encontrarme con la persona que me espera al otro lado que siento vértigo y miedo. Es como si quisiera degustar por un momento más a la Ana que se haya ahora misma metida en mis zapatos. Esa Ana frágil que llegó desde Barcelona a esta ciudad nueva, extraña, sin nada más que su puesto de trabajo. Ha sido un año tan complicado que estar ahora aquí, a punto de disfrutar de una fiesta en la que él estará, me parece un escenario casi irreal. Carmen, Tina y yo misma sabemos que este año no ha sido el mejor. Por suerte me las he encontrado por el camino. Dos compañeras de trabajo que han seguido mis penurias estos últimos meses. Los problemas para adaptarme a la empresa, a la ciudad, la soledad de mis peores momentos. La decisión de dejarlo todo y volver a huir. Por suerte han estado cerca, por suerte, a pesar de todo lo malo he tenido a dos grandes pilares a mi lado, compartiendo mis lágrimas, mi impotencia, mi miedo y mi frustración. Gracias al temple y buenos consejos de Carmen y a las locuras de Tina he sido capaz de hacer lo que debía y poco a poco me he ido transformando en la Ana que quería ser, en la Ana que se había perdido por el camino. Gracias a las dos, fui capaz de plantarme ante Pablo y explicarle lo que sentía por él. Fue tan extraño y tan interrumpido que solo pudimos quedar para vernos hoy aquí. A las vísperas de Navidad, en un evento social rodeados por los desconocidos compañeros de la multinacional en la que pasamos nuestras horas de trabajo.

vestidos-de-coctel-color-negro-cinturonRetengo el aliento en mis pulmones unos segundos y con más seguridad de la que mis leves temblores por los nervios hacen que parezca que tengo, abro las puertas y cruzo hacia un mundo de penumbra, con haces de colores, personas bailando, comiendo y riendo. La música que suena parece retumbar en mi propio pecho haciendo que sea plenamente consciente de cada célula de mi cuerpo. Noto el frío del aire acondicionado sobre mi piel, la fina tela de mi traje negro de encaje y lentejuelas sobre mi cuerpo, el punzante dolor que empiezan a ejercer mis zapatos de tacón en mis talones, el rizo díscolo de mi flequillo que se apoya con calma sobre mi frente e incluso las distorsiones del aire y temperatura cuando en el sistema de sonido la canción bailable se calla y da paso a una bonita balada que reconozco al instante: es Home de Gabriell Aplin. La melodía tiene cierto aire triste, pero es una canción que me ha acompañado este año convirtiéndose en la banda sonora de mis momentos de reflexión. A pesar de ello, no puedo evitar sentir cómo mi corazón vuela, salta y quiere escapar junto con mi sonrisa al vislumbrar a Pablo al otro lado de la sala. Siento su mirada en mis ojos y un escalofrío me recorre entera, porque en realidad no tengo la sensación de que nos separen por lo menos 40 metros y un enjambre de gente ajena a mí y a mis sentimientos, sino que estoy bastante segura de que en realidad si alargara la mano podría tocarlo. Y es que en cuanto lo veo, todo a mi alrededor desaparece y solo soy capaz de enfocarlo a él y mis ganas de ir a perderme en sus cálidos brazos que ahora mismo están enfundados en una camisa blanca y una americana. Comienzo a andar de forma automática, casi esperando que la gente de mi alrededor se aparte solo con mi presencia. No sé porque, pero funciona, y en cuanto empiezo a dar pasos el resto del mundo empieza a girar en sintonía conmigo y las personas se mueven yendo a buscar a otros compañeros o dando pasos de baile que no tienen sentido para mí. Al otro lado, la sonrisa de Pablo me atrapa y me guía, como si fuéramos imanes de contraria polaridad. Al ver que empiezo a andar hacia él, olvida su copa en la barra en la que estaba apoyado y emprende el camino para encontrarse conmigo en ese espacio mágico que hemos creado en el que el tiempo se mueve a una velocidad extraña. Siento la danza de mi pelo, la fiesta de mi pulso, la percusión de mis tacones y el aleteo que se desarrolla en mi estómago y que me lleva a querer besarlo sin remedio hasta que ambos nos quedemos sin energía y desfallezcamos. Sin embargo, y contra todo pronóstico, cuando estamos a punto de encontrarnos, los dos nos paramos uno frente al otro, como si temiéramos desintegrarnos solo con el tacto, respirando el aire que compartimos, sintiéndonos cerca y con los sentimientos en plena revolución. Creo que simplemente necesitamos un segundo para asimilar que realmente la distancia entre nosotros es prácticamente nula. Pablo es el primero en mover ficha, tendiéndome una mano e invitándome a que se la coja, invitándome a que nuestras pieles se junten por fin, a dejar de pensar y a empezar a actuar. Alargo la mía y  poso mi palma sobre la suya sintiendo cómo el calor de las yemas de sus dedos se convierte en el mío propio y cómo nuestros pulsos parecen convergir en la misma frecuencia y volverse gemelos. A mi mano le sigue mi muñeca y mi antebrazo resbalando como si en realidad simplemente fuéramos piezas de un puzle gigantesco en el que hemos conseguido encajar. Sus tacto vuela por mi cuerpo llegando a la cintura y atrayéndome contra él. Todas mis terminaciones nerviosas han decidido irse de vacaciones y se quedan sentadas disfrutando del espectáculo maravilloso de nuestra sincronización natural. Junto a él no hay nervios, ni confusión, ni pelea interna, ni miedo. Me dejo abrazar y sin pudor empiezo a respirar su aliento que me llena los pulmones de una sensación dulce y serena que decido adoptar para el resto de mi vida, porque así es exactamente como me quiero sentir todos los días que me queden en este mundo. Siento el roce de sus dedos a través de la tela de mi vestido, siento su sonrisa contagiosa, su aroma familiar y la suave caricia de su frente sobre la mía. Ambos reímos porque en realidad no hace falta que hablemos más. Durante este año ambos nos hemos contado demasiadas cosas y hemos hecho demasiado poco. Ahora hartos de lo uno y de lo otro, sentimos que no necesitamos palabras para expresar lo que sé que ambos estamos sintiendo. Descubro con satisfacción el instante preciso en el que ambos decidimos que besarnos es la única prioridad que hay y que habrá en nuestra vida. Recorremos los centímetros que nos separan, sin reparar en las miradas curiosas, en los murmullos indiscretos o en los posibles cuchicheos. Todo eso es banal y ya no es para nosotros porque lo único que percibimos es la sencillez del tacto de nuestros labios, el calor de nuestras bocas y la perfección de nuestros cuerpos el uno contra el otro. Y con ese beso, siento como el pequeño desastre que he sido este último año se transforma encontrando por fin el descanso, la paz y el verdadero hogar. Porque como dice Aplin en su canción, el hogar está dónde esté tú corazón, y el mío pertenece por completo a la persona que tengo entre mis brazos en este instante.

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